¿Cómo sabemos si nos lo estamos pasando bien?

O por qué no deberías enseñarle a tu hijo cómo tiene que sentirse.

Hace unos días, en el Algarve, Portugal. Casi al anochecer, estábamos mi hijo y yo solos en una playa. Un momento idílico: fresquito, sin ruidos y con los últimos rayos del sol. De repente, él me suelta una frase de esas que te vuelan la cabeza. Me miró y me dijo:

‘Papá, a veces nos lo pasamos bien y no nos damos cuenta’.

Cuando un niño te dice algo así, el cerebro te hace ‘boom’. El deber de un padre es oír lo que dicen nuestros hijos, pero sobre todo, conocer cómo piensan. Saber cómo hablan, cómo duda, cómo procesan el mundo. Tuve la sensación de que esa forma de expresar algo no era habitual en él. Era una conclusión demasiado rotunda; mi hijo no afirma de esa manera, él duda, explora, intenta aprender. Me sonó a una forma de interpretar el mundo que probablemente había escuchado antes.

Así que decidí rascar un poco. Le pregunté si se lo estaba pasando bien y por qué. Me dijo que sí, sencillamente porque estábamos jugando en la arena. No necesitó hacer malabares para responder.

Un poco más allá, la gente observaba el atardecer en silencio. Le propuse nuestro juego de «¿qué piensas de…?»:

¿Crees que esas personas de ahí se lo están pasando bien?

Se quedó bloqueado. No supo qué contestar.

Entonces le expliqué que si nosotros dos estuviéramos allí sentados, quizás yo tendría una taza de café en la mano y me lo estaría pasando de cine mirando la puesta de sol. Pero él, al no estar jugando con la arena, pensaría que es el plan más aburrido del mundo. Las personas no experimentamos las cosas de la misma forma… Y eso es importante que lo entiendas, Hugo.

Al quedarse sin una certeza fácil, buscó su propia lógica y me lanzó la verdadera pregunta, la joya de la corona:

Papá, entonces… ¿cómo sabemos si nos lo pasamos bien?

Los adultos hemos convertido las experiencias en obligaciones. He estado en zoológicos y he visto a niños jugando en el césped o con las piedras del camino, y a sus padres decirles enfadados: “¡Hemos venido desde lejísimos para ver animales, no para que juegues con la tierra!”.

Salir todos los fines de semana persiguiendo ‘experiencias’ es buscar la felicidad por decreto. Y la vida no funciona así, y menos para un niño.

Por eso, ante su duda, le expliqué dos verdades aprendidas:

  • La primera es la perspectiva: Lo que para uno es la cumbre de la diversión, para otro es una tarde plana. Le recordé cuando subimos al telecabina de Benalmádena. Él se lo pasó en grande arriba, con los juegos y las historias que inventamos en la cima del Calamorro. A mí, honestamente, el telecabina no me pareció gran cosa; he subido ese monte corriendo docenas de veces y jamás sentí la necesidad de subirme a una cabina. Y no pasa nada. Pretender que tu hijo sienta exactamente lo mismo que tú es un error de puro ego. Uno tiene que ser coherente y fiel a su realidad.

  • La segunda es el filtro del tiempo: ¿Cómo sé yo si realmente disfruté algo? Mi regla es el deseo de repetir. He corrido carreras de montaña exigentes, ultras de más de cien kilómetros; a algunas volvería mañana mismo y a otras no regresaría jamás. No pasa nada por reconocer que apostaste por un lugar, fuiste, pusiste tu voluntad y no repetirías. Lo bueno es saber dónde sí quieres volver.

Y le conté un secreto:

«Hugo, hace años, cuando eras un bebé, fuimos a ver las luces de Navidad a Vigo. Todo el mundo sonreía, estábamos en familia… era el escenario de la felicidad perfecta. Y recuerdo perfectamente estar allí y pensar: ‘Algo me pasa, debería estar disfrutando esto’. Años después, mirando las fotos de ese viaje, mirándome a los ojos en esas imágenes, entendí la verdad: no me lo pasé bien. Y está bien admitirlo«.

Para que lo entendiera mejor, recurrí a una película que hemos visto juntos: El Rey León.

A Simba todo el mundo intenta decirle cómo tiene que vivir y qué tiene que sentir. Scar lo manipula desde la maldad para decirle que el cementerio de elefantes es atractivo por descubrir. Pero luego llegan Timón y Pumba. Son los buenos, lo quieren, lo recogen… pero también intentan enseñarle una forma concreta de vivir. Le imponen el Hakuna Matata, convenciéndolo de que para ser feliz tiene que olvidar quién es, comer bichos y vivir sin responsabilidades. Viene a ser un: “Te lo estás pasando bien aquí, ¿a que sí?”.

¿Cuándo descubre Simba qué le hace realmente feliz? Cuando encuentra a Rafiki. El viejo babuino no le dice cómo debe vivir. Le da un bastonazo en la cabeza, le hace mirar su propio reflejo en el agua y le ayuda a descubrir por sí mismo qué es lo que realmente le hace feliz.

Por eso, el otro día, tras pasar la jornada en un rocódromo, al llegar a casa le di a elegir:

¿Qué prefieres hacer mañana? ¿Vamos a la playa con la barca o nos quedamos en casa tranquilos jugando con nuestras cosas?

Me miró y dijo:

Prefiero quedarme en casa con nuestras cosas.

Yo tenía el poder de manipularlo. Es facilísimo hacerlo con un hijo. Podría haberle dicho: “¿Pero cómo que en casa? ¡Si te encanta la arena!”. Sé que si insisto un poco, le cambio la opinión. A veces lo hacemos de forma inconsciente, proyectando lo que nosotros queremos.

Al final, la respuesta que le di a mi hijo es la que me aplico a mí mismo cada día. Las cosas pueden parecer hoy de una forma y mañana de otra, intenta disfrutar de ellas mientras ocurren, pero el alma no miente: siempre vas a querer volver al lugar donde te sentiste querido. Y esa es la diferencia definitiva entre consumir un rato de entretenimiento y construir una experiencia con sentido.

Porque a mi hijo puede no entusiasmarle el rocódromo de entrada. Pero si allí encuentra mi atención plena, mi dedicación, mi respeto a sus tiempos y un espacio seguro donde ser él mismo y demostrar su independencia, ese lugar se transformará en su mente.

Y no porque yo intente convencerlo de nada, sino porque su memoria no recordará la dureza de las presas o el cansancio; recordará la calidad de nuestro vínculo.


Si has llegado hasta aquí, quizá entiendas por qué no acepto el relato oficial. Paternidad no es un título que te regalan, es algo que se conquista: [Ganarse el derecho a sentirse padre].