Realmente no sé nada sobre depresión posparto ni sobre los distintos tipos de psicosis que existen. No sé si Lindsay Clancy era consciente de lo que hacía cuando estranguló a sus hijos. No estaba allí, no la conozco y tampoco tengo los conocimientos médicos para entenderlo. Eso tendrá que determinarlo el tribunal.
Lo que sí sé es cómo está reaccionando la gente a esa historia.
Con el tiempo he aprendido que, si la historia de la que quieres debatir no te afecta directamente, los detalles no son lo que deberías estar discutiendo. La verdadera historia es cómo reacciona todo el mundo ante ella. Como dije en el texto sobre los espacios solo para adultos: al final de la historia, tienes que convivir con esa gente que opina sobre esa historia.
Así que, Hugo, cógete un café, porque papá se va a sincerar.
Con el tiempo me he dado cuenta de que el propósito de la vida es mirar a la propia vida, decidir qué está bien y qué está mal, alimentar lo bueno y matar lo malo. Te guste o no, Hugo, el resultado de lo que haces será la forma en que serás juzgado. Estamos condenados a elegir y esa condición no cambiará hasta el día en que abandonemos este mundo. Nadie asumirá la culpa de tus elecciones malvadas o estúpidas, excepto quizás Jesús. Quien eres se define por lo que haces, no por cómo crees que te sientes.
Durante mucho tiempo pensé que, para tomar buenas decisiones, simplemente necesitabas un gran propósito y estar alineado con él. Pensaba que, si tu meta era, por ejemplo, ser ciclista, ese objetivo te daba la voluntad para alimentar lo bueno. Y alimentar lo bueno trae más bueno. Pero cuando tenía 16 años sufrí un accidente grave en bicicleta. De golpe, todo aquello en lo que volcaba mi vida y que me ayudaba a matar lo malo se rompió. Sumado a la pérdida de mi madre y a que no había nadie al volante, aquello me hizo entrar en un túnel muy oscuro.
Tardé años en entender que, cuando las metas individuales se desvanecen —y muchas veces lo harán—, lo único que te mantiene en el camino correcto son los principios. Básicamente es pensar que, pase lo que pase, hay cosas que están bien y cosas que están mal, una y otra vez.
El problema es que vivimos en una sociedad que alimenta lo malo mientras espera que se vuelva bueno solo por el hecho de haberlo alimentado. Entonces, cuando todo se destruye, asumimos el papel de víctimas e ignoramos las consecuencias de nuestras propias decisiones.
La enfermedad, el trauma, la infancia, las circunstancias, la sociedad, el algoritmo, el sistema… Todo puede convertirse en una explicación. Parte de la sociedad está intentando explicar por qué alguien hizo algo para justificar lo que hizo. Y una sociedad que se identifica o se alinea con lo malo para liberarse de juicios o sentirse mejor con sus propias acciones acaba perdiendo la capacidad de decidir qué está bien y qué está mal.
Para poner en contexto esta reacción colectiva, conviene recordar el caso de Lindsay Clancy en Estados Unidos, un suceso que ha generado un estallido mediático enorme. Me voy a limitar, en la medida de lo posible, a los hechos y a las posiciones presentadas durante el proceso judicial, que todavía no ha finalizado.
Lindsay era enfermera de profesión. Llevaba tiempo recibiendo tratamiento de salud mental y tomando medicación. También había llegado a confesar a personas de su entorno que tenía pensamientos intrusivos relacionados con hacer daño a sus hijos y, pocas semanas antes del suceso, se había ingresado voluntariamente en un centro de salud mental. Además, en su diario o notas personales escribía frases sobre amar a sus hijos o ser mejor madre.
La defensa sostiene que padecía una enfermedad mental grave, concretamente una psicosis posparto, y que esa enfermedad había alterado hasta tal punto su percepción de la realidad que no podía comprender la naturaleza o la ilicitud de sus actos. La fiscalía, en cambio, asegura que hubo intención y voluntad en todo momento.
Sin entrar en detalles, es aceptado que el día de los hechos, Lindsay mandó a su marido a recoger comida y a pasar por la farmacia. Durante ese tiempo, bajó al sótano a sus tres hijos —de 5 años, 3 años y 8 meses— y los estranguló. Después se tiró por una ventana. Sobrevivió, pero la caída le provocó una parálisis permanente.
La fiscalía interpreta determinados hechos previos —entre ellos las búsquedas realizadas, la planificación de los tiempos, la logística para toda la ejecución y el momento elegido— como indicios de una conducta deliberada y consciente. La defensa interpreta esos mismos hechos dentro del contexto de una enfermedad mental grave y sostiene que una persona psicótica puede realizar, en una ventana de tiempo, acciones que desde fuera parecen organizadas sin comprender realmente lo que está haciendo.
Y entonces aparecen las explicaciones, las justificaciones y la reacción de la gente. Iniciativas como recaudar dinero para ayudarla, manifestaciones o cientos de vídeos sobre madres que afirman sentir empatía inundan nuestra sociedad digital.
Cada opinión cuenta; la mía es que si una madre, en este caso, pierde el control en un momento de desesperación absoluta y comete un error, podríamos abrir un debate sobre salud mental, sobre autorregulación emocional, sobre cambios hormonales, sobre prevención, sobre el sistema sanitario, sobre las farmacias o sobre cualquier otra cosa. Pero no fue eso lo que pasó. Lo que pasó es que estranguló, uno por uno, a sus tres hijos pequeños utilizando bandas elásticas deportivas, mientras ellos luchaban por respirar. Miró sus cuerpos antes de pasar al siguiente. Por lo tanto, cuando la historia termina de esa forma, para mí no hay lugar para conversaciones sobre salud mental que conviertan lo ocurrido en algo moralmente justificable ni siquiera debatible. Yo no voy a construir un relato a posteriori para aceptar algo que simplemente es insoportable de aceptar.
Porque incluso en la oscuridad absoluta, para los que piensan que no hay conciencia, creo que sigue habiendo elección. Si asumimos la hipótesis de que no pudo elegir la vida de sus hijos por encima de todo, lo escalofriante es que sí eligió cómo quitársela. Podría haber buscado un método indoloro o rápido, pero decidió alimentar lo peor dentro de su mente: eligió una muerte agónica, lenta, manual y de contacto cara a cara. Sin embargo, cuando le tocó el turno a su propia vida, buscó la opción rápida, ahorrándose a sí misma la violencia lenta que les acababa de imponer a tres niños indefensos.
Hasta en la mayor atrocidad imaginable, que es la privación de la vida, la forma en que decides acabar con la vida ajena frente a la tuya sigue siendo una elección. Habrá quien piense que saltar por la ventana fue una reacción de claridad, la consecuencia de un pánico repentino al darse cuenta de lo que acababa de hacer. Lo puedo entender. Pero ¿cómo encaja eso con el hecho de que, en los registros posteriores de su reclusión, no haya mostrado un solo gesto de luto?
Yo he tenido bastantes momentos malos desde los 13 años, más de los que me hubiera gustado. Puedo recordar como si fuera hoy una noche, apoyado en el frío espejo de un desolado cuarto de baño, con la mirada perdida en el reflejo de un hombre consumido por la adicción. Era como si ese espejo fuera la puerta misma hacia el abismo de la muerte. Lo curioso es que me di cuenta de que ya había estado muerto anteriormente.
Siempre me atrajo la sensación de asomarme a un puente o a un precipicio; había algo que me empujaba a asomarme e imaginarme saltando. Sé que no debería pensar en ello, pero no puedo evitarlo. Nunca me pude quitar esa sensación; creo que por eso, en parte, siempre me gustó la escalada o el alpinismo. Al asomarme, siempre me preguntaba si debería saltar y qué pasaría si lo hacía. Recuerdo cómo me invadía el miedo al imaginarlo, cómo te quedabas mirando al vacío y cómo parecía que ese vacío entraba en ti. Era bastante desolador. Me daba la vuelta e intentaba olvidarlo para seguir viviendo.
Tras mi separación, ya siendo padre, sentía un peso enorme. En cierto modo conseguí una vida soñada desde bastante joven, una familia, y entonces todo se esfumó. Volví a ponerme en ese lugar y volví a hacerme la pregunta. Hoy diría que, si el infierno existe, se debe de sentir algo así a lo que sentí. Al miedo no se le sumó el vacío, sino un dolor insoportable. Era una sensación terrorífica pensar en las consecuencias que sufriría mi hijo si yo saltaba. Pude sentir que la caída nunca terminaría. Eso fue algo, para mí, totalmente nuevo e insoportable.
Por lo tanto, he vivido momentos sin ningún propósito. Sin motivación. Incluso sin esperanza por tener lo que deseas o mereces. Momentos duros por no poder recuperar lo perdido. Momentos de no saber qué quiero hacer con mi vida. Pero aun así, siempre he tenido que elegir: elegir alimentar lo bueno o lo malo.
Antes de los evangelios, en el Antiguo Testamento, se escribió una cita sobre la responsabilidad de elegir que encontré en aquellos días difíciles:
«Pongo ante ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia.»
Mi experiencia me dice que la llegada de un hijo expone quién eres de una forma aplastante. Cuanto más egoísta es una persona, más difícil se vuelve la convivencia y la crianza. Y la opción preferida por la vacuidad siempre será romper o destruir. Hombres y mujeres están siendo llevados al límite por la desconexión de las redes sociales, por la soledad, por la presión y por una sociedad que parece haber olvidado escoger la vida.
Creo que tenemos que hablar de salud mental; muchos de mis pensamientos aquí dichos tratan sobre mi propia salud mental. Tenemos que hablar de prevención o de enfermedad. Tenemos que hablar de las circunstancias que pueden llevar a una persona hasta el límite en sus decisiones. Pero hablar de todo eso no debería obligarnos a abandonar la idea de que existen cosas que están bien y cosas que están mal. Que explicar no es justificar. Y que tener una razón para hacer algo no convierte ese algo en justificable.
Intento que mi hijo disfrute eligiendo entre lo correcto y lo incorrecto cada día, como intento hacer yo, asumiendo el peso de nuestras decisiones hasta que nos toque partir.
A mi hijo le gusta que le cuente historias de Kratos. Lo que él no sabe es que Kratos cometió el acto más horrible imaginable: asesinó a su propia mujer y a su propia hija en un estado de ceguera provocado por Ares. Lo odiaría si lo supiera. Llevó literalmente las cenizas de su familia pegadas a la piel como una condena eterna. Vivió atormentado. Intentó morir varias veces, pero, al ser un dios, ni siquiera se le concedió esa suerte. Durante mucho tiempo se consideró un monstruo por lo que había hecho, cargando con la culpa sin hacerse la víctima.
Y, muchos años después, cuando tuvo otro hijo y volvió a encontrarse frente a la responsabilidad de decidir qué alimentar o qué destruir, miró a Atreus y le dijo: «Debemos ser mejores». Eso es lo que mi hijo sí sabe de Kratos.
Todavía no entiende por qué esa frase me gusta tanto, o por qué tengo realmente en las paredes a ese personaje. Pero algún día lo entenderá. Porque no siempre podremos elegir lo que nos ocurre. No siempre podremos controlar lo que hay dentro de nuestra cabeza. No siempre se puede arreglar lo que se ha roto. Y quizá tampoco podamos deshacer aquello que ya hemos hecho. Pero mientras podamos elegir, debemos ser mejores.
Mi hijo de 5 años a veces me pregunta sobre lo que dice un texto al salir de casa. Así que, Hugo, me gustaría que las recordaras hoy, allí desde donde me estés leyendo, con tu café en la mano:
Una vez más en la lucha.
En el último combate que conoceré.
Vivir y morir en este día…
Vivir y morir en este día.
Por ti.