Antes de enseñar valores, enseñamos una normalidad

Hoy quiero seguir dándole contexto a esa tercera forma de ser padre de la que hablaba hace unos días: la que ocurre cuando nuestros hijos no están con nosotros. Es en esos momentos, mientras ordeno fotografías, edito un vídeo o revivo recuerdos, cuando más evidente se me hace que la paternidad forma parte de un sistema complejo. Los padres solemos preocuparnos por las conversaciones importantes. Sin embargo, empiezo a sospechar que las conversaciones más decisivas son aquellas que nunca llegan a producirse.

Con frecuencia reducimos la educación de un hijo a una lista de responsabilidades visibles: darles de comer, vestirlos, llevarlos al colegio, jugar con ellos o procurar que no les falte de nada. Todo eso es importante, por supuesto; es la base de la pirámide. Pero cada vez estoy más convencido de que el verdadero crecimiento como padre sucede estando solos. Pienso que consiste en revisar los procesos con los que vivimos cada día. Mis hábitos. Mis reacciones automáticas. Las pequeñas cosas que hago sin pensar.

Porque las buenas intenciones no bastan para educar bien. Educamos a través de aquello que repetimos con suficiente frecuencia como para convertirlo en parte de nuestra forma de ser. Con el tiempo, la mente consciente deja de intervenir y son los hábitos quienes toman el relevo. Y esos hábitos, mucho más que nuestros discursos, terminan dibujando el mapa con el que nuestros hijos aprenderán a comportarse y orientarse.

Durante mucho tiempo las mantis religiosas me produjeron cierto rechazo. No era un miedo lógico; simplemente era una de esas asociaciones que uno guarda desde la infancia sin preguntarse demasiado de dónde vienen o si merece la pena cuestionarlas. Cuando me vine a vivir al campo comprendí que, si cada vez que aparecía ese tipo de insectos reaccionaba con incomodidad o miedo, probablemente mi hijo terminaría sintiendo lo mismo. Así que decidí darle la importancia que se merecía y trabajar sobre mí. No pretendía parecer valiente. Solo quería evitar transmitirle un miedo que nunca había elegido y que, siendo honestos, carece de sentido y son unos seres increíbles.

Hoy mi hijo las coge con una naturalidad que todavía me sorprende. Nunca tuve que decirle que no debía tener miedo. Nunca le di una charla sobre lo inofensivas que son. Simplemente me vio relacionarme con ellas de manera natural y acabó entendiendo que formaban parte del mundo como cualquier otra cosa.

Mientras montaba los vídeos del viaje al norte de España hubo otro detalle que llamó mi atención. En muchas grabaciones aparecía Hugo cantando el rap de los 48 dinosaurios, de «Emprende Rapeando». Apenas tenía cuatro años y ya era capaz de recitar casi toda la letra de memoria.

Aquello me pareció asombroso y me hizo recordar una escena de hacía unos meses. En el colegio de mi hijo se organizó el cumpleaños de un compañero y uno de sus padres propuso en el grupo de familias poner la canción Madre Tierra, de Chayanne, porque era la que el niño había elegido. Al leer aquel mensaje sentí cierta pena por la cercanía que le tengo al niño. No por la canción —podría haber sido cualquier otra—, sino porque me hizo pensar en lo difícil que resulta distinguir cuándo un gusto nace realmente del niño y cuándo simplemente refleja el mundo que nosotros le hemos construido.

Un niño de cuatro o cinco años no se despierta una mañana con la curiosidad de explorar el pop latino de principios del siglo XXI. Canta aquello que escucha en casa porque esa música forma parte de su manera de conectar con quienes más quiere. A mí me ocurrió exactamente lo mismo. Mi madre escuchaba canciones como Hola mi amor, de Junco, y todavía hoy soy capaz de recordar gran parte de la letra y moverme en aquel ritmo. No porque las hubiera elegido conscientemente, sino porque estaban unidas a ella y yo quería ser parte de ello.

Yo tampoco estoy fuera de ese fenómeno. Hace tiempo busqué un punto de encuentro entre nuestros gustos. A él le apasionaban los dinosaurios; a mí siempre me ha gustado el rap. Así apareció el rap de los dinosaurios. Me sigue pareciendo una sintonía entre música y niño preciosa, pero también creo que debo ser honesto conmigo mismo: él no encontró aquella canción por casualidad. La encontró porque yo la puse delante de él. Igual que yo heredé parte del gusto musical de mi madre, él está heredando parte del mío.

Sin embargo, cuanto más observo a mi hijo, más me doy cuenta de que nuestra influencia va mucho más allá de los gustos o de los miedos.

Hace poco, mientras jugábamos junto al río, construyó un pequeño refugio con ramas. Después me pidió que arrancara algunas plantas frescas con raíces para poder trasplantarlas alrededor de su construcción. Quería que su refugio tuviera vegetación y fuera verde y bonito. Nunca le había dicho o enseñado a hacer algo así. Simplemente me había visto hacerlo a mí en nuestro HOGAR. Él sabe que, para mí, la vegetación es sinónimo de vida y por lo tanto de belleza.

Otro día intentaba cavar un agujero y la tierra estaba especialmente dura. Mientras empujaba la pala y luego el rastrillo empezó a hacer exactamente los mismos gestos de rabia, las mismas caras y hasta los mismos sonidos de frustración que hago yo cuando algo se resiste. Nadie le había enseñado esos gestos. Ni siquiera era consciente de que yo los hacía. Sin embargo, allí estaban, reproducidos con una naturalidad que me dejó completamente sorprendido.

Fue entonces cuando comprendí que los niños no solo aprenden qué hacemos. Aprenden cómo habitamos en el mundo.

Para mi hijo es normal descalzarse en un río o en la tierra porque me ha visto hacerlo. Es normal intentar plantar una planta donde construye un refugio porque forma parte de nuestras vida cotidiana. Es normal coger una mantis porque nunca vio miedo en mi rostro. Es normal cantar determinadas canciones porque está creciendo y jugando con esas canciones de fondo.

Ninguna de esas cosas las aprendió en una conversación importante. Ninguna nació de una gran lección. Fueron absorbidas poco a poco, casi en silencio, mientras simplemente compartíamos la vida.

Creo que muchas veces entendemos la educación al revés. Pensamos que educamos cuando corregimos, cuando damos un consejo o cuando mantenemos una conversación trascendental. Sin embargo, sospecho que la mayor parte de la educación ocurre mucho antes, en esos miles de momentos tan pequeños que ni siquiera recordamos.

Cada vez que nuestros hijos nos observan resolver un problema, tratar a otra persona, reaccionar ante el miedo, cuidar una planta, disfrutar de una canción o enfrentarnos a una dificultad, están construyendo silenciosamente su propia idea de cómo funciona el mundo.

Quizá por eso el verdadero crecimiento como padres no consista en aprender nuevas técnicas educativas, ni leer más libros sobre consejos, sino en revisar continuamente nuestra propia manera de vivir. Porque antes de enseñarles valores, les enseñamos una normalidad. Y esa normalidad, repetida miles de veces sin que nadie la nombre, acaba convirtiéndose en la herencia más profunda que podemos dejarles.

Entonces comprendí que una de las misiones de un padre no consiste en impedir que su hijo herede una forma de ver el mundo. Eso es imposible. Nuestra influencia empezará mucho antes de que pueda elegir. Quizá la verdadera responsabilidad sea otra: darle las herramientas para que, cuando llegue el momento, sea capaz de mirar esa herencia con espíritu crítico, conservar aquello que le haga crecer y transformar aquello que ya no le represente.

O como dice el paleontólogo del Dino Tren al final de los dibujos: sal ahí fuera, haz tus propios descubrimientos y recuerda que la curiosidad es para todos.


Entender que seguimos siendo padres incluso cuando nuestros hijos no están delante me llevó a mirar atrás y procesar un viaje revelador. Lo conté aquí: [En el Algarve vi dos sillas mirando al mar]