God of War y el reflejo de ser padre

Soy un entusiasta de los videojuegos, aunque, como a muchos nos pasa, no siempre tengo el tiempo que me gustaría para sentarme frente a la pantalla. Pero a veces, cuando logro volver a ellos, me encuentro con algo inesperado: historias que dejan de ser simple entretenimiento y te tocan por dentro de forma irreversible.

Hace poco, jugando a God of War (2018), me topé con una de las reflexiones más profundas sobre la paternidad que he visto nunca. Y lo curioso es que no estaba en un manual de crianza ni en una charla motivacional; estaba allí, en un mundo hostil lleno de dioses y monstruos.

Un viaje hacia el interior

La premisa del juego es sencilla: Kratos y su hijo, Atreus, deben esparcir las cenizas de la madre en la cima de la montaña más alta. Pero el viaje no trata realmente de geografía, sino de algo mucho más difícil: un padre intentando aprender a querer a su hijo.

Kratos es un personaje marcado por la guerra y el dolor; es distante, duro y silencioso. Atreus, en cambio, es sensible, curioso y busca constantemente una aprobación que su padre no sabe dar. Entre ellos existe una distancia enorme, una que muchos padres conocemos bien. A veces queremos a nuestros hijos profundamente, pero nos falta el lenguaje para mostrarlo. Kratos no sabe abrazar, no sabe consolar. Pero lo intenta. Y eso es lo que hace que su historia sea poderosa: no nos habla de un padre perfecto, sino de uno que, desesperadamente, quiere ser mejor.

El peligro de proteger demasiado

En este camino aparece un contraste fascinante en el personaje de Freya. Ella representa otra forma de amar: la que nace del miedo. Aterrada por la posibilidad de perder a su hijo Baldur, decide eliminar su capacidad de sentir para protegerlo. Baldur no siente dolor, pero tampoco siente frío, calor o placer.

Freya cree que lo está salvando, pero en realidad lo está condenando. Cuando intentamos proteger a nuestros hijos de cualquier fricción, también les quitamos la posibilidad de vivir. Aunque nazca del amor, esa sobreprotección puede volverse destructiva. En nuestra vida cotidiana ocurre lo mismo: queremos evitarles cada frustración, pero crecer implica, inevitablemente, caerse y sentir. Sin eso, no hay crecimiento.

Romper el ciclo

Hay un momento clave en el que Kratos observa a Baldur intentando matar a su madre y se pregunta: “¿Hijos matando a sus madres? ¿A sus padres?”. Pero no juzga desde la superioridad. Kratos fue Baldur; él también fue consumido por la venganza y destruyó a su propia familia en el pasado.

Cuando Kratos interviene, no lo hace solo por salvar una vida, sino por romper el ciclo. Sabe que la venganza no trae paz, solo deja más heridas.

En otra escena, más íntima, mientras reman por el lago, Atreus le reprocha su aparente frialdad ante el duelo. La respuesta de Kratos es de una humanidad aplastante: «No confundas mi silencio con la falta de duelo. Llora a tu manera… y yo lo haré a la mía».

En ese instante, Kratos le da permiso a su hijo para ser distinto a él. Le permite sentir a su manera, rompiendo la idea de que los hijos deben ser un calco emocional de sus padres. Respetar esa individualidad es, quizás, la forma más pura de amar.

El primer abrazo de Kratos

Recuerdo una escena que condensa esta transformación con una fuerza conmovedora. Mientras exploran una ciudad en ruinas, Kratos y Atreus son emboscados. Para el antiguo Dios de la Guerra, el combate es su lenguaje natural; se abre paso entre los enemigos con una eficacia brutal.

Pero el tono cambia cuando un enemigo logra arrebatarle a Atreus. En ese instante, el terror se apodera de Kratos. Una luz azul lo envuelve mientras su “Rabia Espartana” —ese poder ancestral que antes usaba para arrasar mundos— lo consume por completo. Esta vez, sin embargo, el motor no es el odio, sino el miedo absoluto de perder a su hijo.

Kratos se lanza al combate con una determinación feroz. No hay estrategia, solo la urgencia desesperada de un padre. Cuando el enemigo lanza al niño por los aires, Kratos lo atrapa en el último segundo, lo asegura contra el suelo y, en un gesto lleno de alivio, se arrodilla para abrazarlo.

En ese abrazo ¡su primer abrazo! Kratos deja de ser un Dios para ser, simplemente, un hombre.

Este momento representa una masculinidad completa. Kratos no renuncia a su fuerza ni a su coraje, pero los equilibra con la empatía y la ternura.

El acto más humilde de un padre

Hacia el final del viaje, Kratos le entrega a Atreus un cuchillo que él mismo fabricó. Es un gesto de confianza y reconocimiento, pero lo que realmente conmueve es lo que viene después: «Tú debes ser mejor que yo».

Kratos reconoce sus fallos y no pide ser imitado; pide ser superado. Ese es el acto más humilde que podemos tener como padres: no querer que nuestros hijos sean nuestra sombra, sino que lleguen donde nosotros no pudimos.

Incluso en los detalles más mínimos, como cuando Kratos intenta tomarle la temperatura a Atreus con la palma y Freya lo corrige para que use el dorso, vemos al Dios de la Guerra aprendiendo lo más básico: a cuidar. Para mí, esta es la imagen de la masculinidad que yo defiendo: una fuerza que sabe arrodillarse.

La batalla de amar

Durante mucho tiempo pensé que ser un buen hombre significaba ser fuerte, independiente y capaz de cuidarme solo. Pero ser padre me enseñó algo distinto: saber sobrevivir no significa saber cuidar.

Esa es la verdadera evolución de Kratos. Empieza siendo un destructor y termina enfrentándose a la batalla más difícil de todas: ser padre. Porque, al final, la verdadera fuerza no reside en la capacidad de destruir, sino en la capacidad de amar y acompañar.

Todos tenemos una fantasía de quiénes seríamos como padres: el padre divertido, el padre aventurero, el padre que siempre tiene la respuesta. Pero la realidad te obliga a ser el padre que tus hijos necesitan.

Al mismo tiempo, muchos padres desean un hijo que sea un reflejo de su ego (que juegue a su mismo deporte, que piense igual). Pero el destino te da el hijo que necesitas para despertar.

Como dice el propio Kratos, y como intento recordarme cada día frente a Hugo: debemos ser mejores que esto.


En mitad de cualquier ruptura o pérdida, siempre queda un norte invariable. Todo este rastro es, en realidad, para él: [Querido Hugo].