Hoy no vengo a hablarle a nadie más que a ti, Hugo… y quizá a mi yo del futuro. Porque sé que ambos, en algún momento, podemos volver a perdernos. Ojalá esto nos ayude a encontrar de nuevo el camino.
Esta es parte de mi herencia. Intentaré estar a la altura, predicando con el ejemplo. No tienen que creer lo que yo creo.
Tras la separación de su madre, sufrí durante un tiempo algo parecido a una disonancia cognitiva. Mi cerebro experimentaba una contradicción oscura entre dos realidades: Soy su padre, es mi sangre, estamos a pocos kilómetros; él me necesita y yo lo necesito.
¿Por qué, entonces, no puedo verlo? No lo entendía. Un papel decía que hoy no podía tocarlo porque es martes.
Mi mente siempre busca la verdad y la coherencia; por eso, estar separado de mi hijo carecía de sentido lógico. «Hay un error en el sistema», me repetía la cabeza. La ley es un promedio estadístico para evitar conflictos, pero yo buscaba una verdad más profunda. No me bastaba el «porqué» legal; yo necesitaba una explicación de por qué tenía que atravesar este dolor.
Le decía al psicólogo: «Vivo en el campo. Tengo un trabajo. Tengo responsabilidades. Podría estar regando los árboles o dándole de comer a los animales. Te pago lo mismo que vale un juego Triple A que me ofrece docenas de horas de ‘hacer cosas’. Sé que debo mantener la cabeza ocupada, pero no es suficiente».
Yo no quería desconectar el dolor. Quería entenderlo.
Entonces, un día, empecé a ver señales. Quizás siempre estuvieron ahí:
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Hugo jugando con tubos en la calle para canalizar el agua: «Llevaba todo el día pensando en llegar para hacer esto».
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Hugo pidiendo una «peleilla» en la cama elástica antes de volver con mamá.
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Hugo rescatando un toldo de la basura para arreglar el invernadero.
El invernadero sigue en pie; aguantó un invierno duro de vientos. Y ahí me pregunté: ¿Podría estar Dios hablándome a través de mi hijo?
Hace tiempo dije que no sabía si podría superar el hecho de no ver a mi hijo todas las noches. Pero comprendí que el GAP -el espacio entre ese dolor y los beneficios de criarlo aquí, de forma singular- se estaba cerrando.
Pude ver qué esperaba él de mí. Entendí que, para ser el padre que él necesitaba, debía ocurrir esta disonancia. Debía atravesar este dolor. Una vida inusual conlleva un costo inusual.
Si aspiro a criar un ser humano excepcional, íntegro, empático y fuerte, quizás no podría hacerlo desde una vida cómoda. Tal vez, para ser el padre que mi hijo necesitaba, primero tenía que convertirme en alguien distinto.
Como un dios, el padre y la madre crean vida donde no la había. Crean un universo moral y emocional. Para un hijo pequeño, sus padres son las deidades que explican cómo funciona el cosmos. He aceptado que esta tarea se me dio «por las propias razones de Dios».
La paternidad no es una forma de pasar el tiempo. Es una misión. No tienes la vida que quieres, sino la vida que necesitas para guiar a tu hijo.
Ser una figura casi divina requiere la fuerza para proteger y la ternura para perdonar. Es una labor inusual porque exige más de lo que somos los humanos. Y ahí es donde se paga el precio: en el esfuerzo constante por estar a la altura de sus ojos, de los de Dios y los de tus hijos.
Ver a mi hijo como una encomienda divina me quitó el peso de la queja. Si la tarea es grande y difícil, quizá es porque se me considera capaz de llevarla a cabo.
Vivir una vida de significado implica pagar un precio: tiempo personal, ambiciones egoístas o aprobación social. Es entender que tu libertad personal disminuye para que la libertad moral de tu hijo aumente.
Si hace dos años me hubieran dicho que tendría esta vida, no lo habría creído. Pero necesitaba salir del ruido para escuchar esa «palabra» y entender mi propósito. Siento miedo, sí, porque empiezo a ver sentido donde antes solo había dolor.
El psicólogo me ofrecía «matar el tiempo»; la palabra sagrada me enseñó a santificar el tiempo.
Quizás para algunos estas palabras suenen extrañas. No todos encuentran sentido en Dios. Yo lo encontré ahí: en la naturaleza, en la memoria de mi madre, en el silencio de la montaña… y ahora, en la responsabilidad de criar a un hijo.
Al final, lo importante es encontrar algo más grande que uno mismo que nos ayude a soportar lo insoportable. Algo que nos recuerde que no estamos aquí solo para ser felices, sino para construir, para cuidar… para continuar.
Porque cuando encuentras ese sentido, el dolor deja de ser un vacío y empieza a convertirse en una fuerza.
Padres, acepten esa tarea. Porque aunque no siempre veamos el resultado, algo de nosotros seguirá viviendo en ellos cuando no estemos.
“Uno es el que siembra, y otro es el que cosecha” (Juan 4:37).
Y si algún día dudas, hijo… recuerda que todo esto fue construido pensando en ti.
Amén.
Esta lucha por ganarse el derecho a ser padre me llevó a hacerme una pregunta que muchos evitan por miedo a la respuesta. La exploré aquí: [¿Soy más feliz siendo padre?]