El yoga como herramienta de control

Esta es una reflexión que nace de la observación directa y del instinto de padre.

Mi hijo va a un colegio «alternativo». El próximo curso lo vamos a cambiar, así que fuimos a visitar el nuevo centro, un colegio público tradicional. Al comparar ambos espacios, me di cuenta de algo que tienen en común y que rara vez se cuestiona: el 100% del personal son mujeres.

Es inevitable que la gestión del ruido, los conflictos y las actividades elegidas tengan un sesgo femenino. La educación infantil es, hoy en día, un matriarcado institucional

No es una paranoia mía ni una conspiración, es un hecho demográfico. No porque yo lo lea en internet, ni me lo diga una IA, sino porque yo lo vivo.

Cuando el 100% de los referentes son mujeres, el concepto de «buen comportamiento» tiende inevitablemente hacia lo que culturalmente se asocia con lo femenino: la calma, el tono de voz bajo, porque simplemente «no gustan las voces», la resolución verbal de todo y esa idea de compartir por igualdad, sin importar si es justo.

Si un niño encuentra un palo y otro lo quiere, se le obliga a ceder su turno. No importa quién lo vio primero o quién se esforzó por conseguirlo; lo importante es la evitación de la confrontación a toda costa.

Entonces, si un niño o una niña tiene una forma de procesar el mundo a través de la expansión física, el ruido o el choque, los colegios tienden a verlo como un «niño a gestionar»: inmaduro, desobediente, inquieto o lo que es peor, enfermo. Estamos diagnosticando como problemas de conducta lo que simplemente es falta de espacio para ser niño.

Veamos el ejemplo del yoga.

Es irónico que el yoga, que en sus orígenes en la India era una disciplina practicada casi exclusivamente por guerreros para fortalecer el cuerpo y la voluntad, se haya transformado en Occidente en el símbolo máximo de la «domesticación de los niños», bajo el pretexto de convertirlo en «actividad física».

El yoga se popularizó en Occidente a través de la gimnasia suave, y durante décadas fue practicado mayoritariamente por mujeres. Hoy en día, se asocia casi exclusivamente al bienestar emocional, la calma y la relajación.

¿Por qué menciono el yoga?

Bien, en el colegio actual, más alternativo y «progresista», la mayor parte del tiempo es «juego libre», y la única actividad dirigida de tipo corporal es el yoga. No se dirigen actividades como el escondite, carreras de saco o cientos de juegos físicos que naturalmente les gustan a los niños.

En el colegio donde fuimos de visita, más tradicional, hay un tiempo de recreo donde los niños salen al patio como «juego libre», y el resto del horario se desarrolla dentro del aula. Cuando pregunté si los niños salían al patio en otro horario distinto al recreo, que lo tienen justo en la puerta del aula, me dijeron que no, pero que dentro del aula practican yoga como actividad.

Además, sin que sea una crítica, sé que mi hijo ha ido algunas veces, acompañando a su madre, algún fin de semana, a clases de yoga. Y, por último, en un cartel que vi sobre una propuesta de «colegio de verano», una de las actividades ofrecidas era, también, el yoga.

Vuelvo a repetir la pregunta, porque creo que es importante no desviar la atención: ¿Qué tienen en común todos estos espacios?

Que todos están dirigidos al 100% por mujeres. No es una crítica, es una verdad empírica. Un hecho. Sea bueno o malo.

Entonces me pregunto: ¿Es posible una educación realmente neutra cuando no hay referentes masculinos en la etapa de infantil?

¿Cuál es el objetivo del yoga? Como he dicho, el yoga actual fomenta la calma y la obediencia del cuerpo. ¿Se está usando el yoga para contener la energía de los niños en espacios cerrados?

Nos venden que la escuela es el lugar de la igualdad máxima, pero la realidad es que la educación infantil y primaria está profundamente feminizada. No es que las profesoras quieran imponer su género; es que no pueden despojarse de quiénes son. Su forma de entender el bienestar se convierte, inevitablemente, en la norma del aula. Pero no hay igualdad si para encajar tienes que renunciar a tu naturaleza física o emocional.

No se trata de criticar el yoga como actividad aislada. Pero, sinceramente, para un niño, su valor es muy limitado, por no decir 0. Si lo comparas, por ejemplo, con construir con Lego, los niños desarrollan visión espacial, resolución de problemas y tolerancia a la frustración cuando la estructura se cae. Es verdad que es una actividad más estática, pero incluso ahí hay niños, como el mío, que hacen puzzles en movimiento.

Y se me ocurren decenas de actividades mejores que el yoga, pero requieren algo más de esfuerzo por parte del profesorado.

Podrías jugar al tira y afloja, con una cuerda, sentados o de pie. O al juego de «la lapa», donde un niño se agarra a una colchoneta y otros intentan despegarlo.

A mi hijo le encantan los circuitos. Construirlos y superarlos: poner mesas, sillas, cajas, tablones… Ir superando pruebas sin tocar el suelo, pasar por debajo, mantener el equilibrio.

¿Crees que es complicado? Bueno, pueden jugar al pilla-pilla. Sí, dentro del aula. Sí, de rodillas.

Todas estas actividades activan el sistema propioceptivo —que nos dice dónde está nuestro cuerpo y cuánta fuerza aplicar— y el sistema vestibular —equilibrio y movimiento—.

¿Sería pedir mucho? Quizás.

¿Por qué yoga y no deporte?
El deporte implica reglas, jerarquía, competencia y explosión física, valores que a menudo se tildan de «tóxicos» o «agresivos». El yoga es paz, y por lo tanto, incriticable desde lo políticamente correcto.

El hecho de que el patio esté justo en la puerta y no se use refuerza mi idea de que, a veces, la prioridad no es el bienestar del niño, sino la comodidad de la gestión del aula. Y lo entiendo: es más fácil vigilar a 25 niños haciendo el saludo al sol que a 25 niños corriendo.

Pero hay algo más profundo. Los niños también aprenden y mucho, de lo que se dirige. O sea, lo dirigido es importante, porque necesita ser dirigido.

Si el movimiento físico es juego libre, pero la única actividad corporal dirigida es el yoga, el mensaje implícito es cuanto menos confuso: la calma es importante, pero el movimiento no tanto.

Que coincida en entornos tan opuestos —lo alternativo y lo tradicional— me hace pensar que hay algo más profundo operando ahí y no casualidad.

Permitir que 25 niños estén «activos» sin moverse de su baldosa es una victoria para la gestión de los adultos, pero quizás una derrota para los niños.

Cuando un niño usa su fuerza, tirando de una cuerda, empujando una silla pesada o luchando, está aprendiendo dónde termina él y dónde empieza el resto. La fuerza le obliga a controlarse a través del cuerpo. Si usa demasiada fuerza, haces daño o rompes el juguete; si usas poca, no mueves la caja y si saltas poco, te caes. Eso crea una estructura mental de causa y efecto. Necesaria para los niños y que el yoga no lo ofrece.

Mi hijo, cuando abre el plástico y saca la planta de la patata, en el campo, sabe que es capaz de influir de forma positiva en su entorno. Cuando me ayuda a levantar la mesa para comer, sabe que su esfuerzo, tiene una utilidad y una recompensa visible.

Si le quitas eso y solo le das actividades pasivas, le quitas la oportunidad de construir esa seguridad. Posiblemente, tengamos un niño «tranquilo» por fuera, pero por dentro está inseguro porque nunca ha probado que su esfuerzo, tiene valor.

La ausencia de hombres en la educación infantil no es solo un problema de paridad laboral, que lo es, aunque no se hable. También puede ser un problema de desarrollo para algunos niños, que se ven obligados a adaptarse a un entorno diseñado, mayoritariamente, desde una sensibilidad que no siempre es la suya.

Para mí, el yoga, cuando se convierte en la única actividad corporal dirigida, deja de ser una herramienta de desarrollo… y se convierte en una herramienta de contención.

Para mí, el yoga es una herramienta de control de la masculinidad, no de desarrollo de la masculinidad.

Mi hijo tiene la suerte de tener otros espacios, otros referentes, otros lugares donde explorar quién es.

Pero muchos niños no los tienen.

Y la escuela, para ellos, no es un lugar más.

Es el mundo entero.

Padres… alcen la voz por sus hijos. Ellos lo merecen… Ellos se lo agradecerán.


En mitad de cualquier ruptura o pérdida, siempre queda un norte invariable. Todo este rastro es, en realidad, para él: [Querido Hugo].