Desde que Hugo nació, he intentado mantener sobre él una visión puramente existencial: que su valor para mí se base sencillamente en su sola existencia, independientemente de cómo sea, actúe o me revele, sabiendo que, por propia definición, su singularidad iba a ser única y agradecida hacia mí.
Tiempo después, vi esa mirada reflejada en el cuento Siempre te querré (de Debi Gliori), que solíamos leer cuando me separé y los cambios de custodia se volvieron una pesadilla difícil de olvidar. En él, el pequeño pregunta si el amor sigue ahí incluso si se porta mal, si se convierte en un bicho raro o cuando algún día dejen de estar juntos. La respuesta siempre era la misma: te querré pase lo que pase. Sin condiciones. Y nunca desaparecerá.
Casi todo el mundo acepta que los niños necesitan ser vistos, ser útiles, ser amados y ser escuchados. Sin embargo, observo que a menudo no sabemos cómo hacerlo. He reflexionado mucho sobre esto últimamente: sobre lo que significa aceptar llevar a mi hijo al colegio con cinco años como dicta el convenio y sobre cómo elegimos pasar el resto del tiempo juntos. He dedicado un esfuerzo enorme a construir esa «tercera forma de ser padre», y reconozco que ha habido momentos difíciles antes de aceptar los términos de la propia realidad. Realmente escribir se ha convertido en una necesidad para poder «limpiar la verea», seguir avanzando por el camino correcto y permanecer lo más cerca posible de la verdad.
Hace unos días recordé un capítulo de una de las mejores series que he visto. El valor de una obra de arte no es una magnitud fija; depende del marco de recepción de quien la mira y de la etapa de la vida en la que te encuentres. Posiblemente mi serie favorita de siempre sea Mr. Robot, aunque hoy no me plantearía volver a verla. La que sí he vuelto a ver es The Chosen. En ella hay un episodio que me impactó a un nivel tan brutal como en su día lo hizo el 4×07 (Proxy Authentication Required) de Mr. Robot. Ambas me hicieron llorar, pero desde frecuencias muy opuestas.
La primera desde la devastación de ver a un hombre adulto y admirado romperse al regresar a una infancia destruida por el trauma y por no haber sido visto; la segunda desde la emoción profunda de descubrir lo que el amor puede construir cuando al fin somos vistos. Lo inquietante es cómo ambas cosas deberían ser obvias, y sin embargo la segunda parece haber dejado de serlo.
Hay tantas formas de maltrato normalizadas con los niños que, de tan cotidianas, se han vuelto invisibles. Es un pensamiento que me causa bastante terror.
El episodio 3 de la primera temporada de The Chosen («Jesús ama a los niños») fue revelador para entender el porqué de mi relación y comportamiento con Hugo. En el capítulo, se ve a un hombre adulto en armonía acampado en la naturaleza. Se aprecia como se descalza, se lava los pies, trabaja con sus manos, prepara su comida, vive en paz y es profundamente agradecido. Cuando recibe la visita de unos niños curiosos, no los aparta ni los juzga: los invita a pasar, se sienta en la tierra a su misma altura y les ofrece lo más valioso que tenemos los humanos: tiempo y presencia. Durante el transcurso del capítulo comprendí qué significa acercarse a un niño en su única e irrepetible singularidad.
He podido extraer de forma muy honesta el sentido real de esas cuatro dimensiones que tanto nos cuesta plasmar:
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Ser vistos: No estorban. Los mira a los ojos con el asombro y respeto de quien reconoce a una persona plena y digna.
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Ser útiles: Les enseña a usar sus manos con propósito. Los hace responsables de una función con sentido y les muestra su aporte real, por pequeño que sea.
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Ser escuchados: Responde a sus preguntas sin condescendencia. Valida su inteligencia sin importar su edad, dándole legitimidad ante el mundo.
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Ser amados: Crea un lugar seguro donde el niño quiere volver. Un afecto que no depende del rendimiento ni del comportamiento.
Son las nueve menos cinco. Mientras el sol de la mañana intenta entrar por mi ventana y el olor a café inunda la casa, mi hijo estará de pie ante la puerta del colegio. Alguien estará intentando animarle, pero él estará ahí con el alma encogida, triste y asustado, procesando en silencio un despertar abrupto y quince minutos de prisas en el coche. En unos instantes, la mano de una maestra lo acompañará para colocarlo en una fila ordenada y ruidosa. No dudo de que pueda encontrar allí personas que lo vean, lo escuchen, lo quieran y le hagan sentirse útil. Pero hoy, mientras mi hijo permanece triste y asustado ante una puerta que no quiere cruzar, me pregunto hasta qué punto puede recibir de otros aquello que, en ese momento, solo parece dispuesto a recibir de nosotros.
Su infancia, un día más, quedará en pausa mientras el sistema le enseña a encajar en un molde no elegido, bajo la promesa adulta de que todo es «por su bien». Me da miedo pensar que, en algún momento, ese camino entre la casa y el colegio deje de tener dos direcciones para recorrerse solo en una.
Para digerir esta realidad, recurro a mi propia memoria. En mi casa nunca sobró el dinero. La ropa se compraba dos veces al año: Semana Santa y Navidad. Mi madre gestionaba cada peseta con convicción. Pero en una salida a Almacenes Córdoba, en Vélez-Málaga, algo rompió la rutina que precedía esas salidas. Íbamos buscando unos pantalones de vestir cuando los vi: unos vaqueros claros con un parche de Goku haciendo un «Kamehameha» en el bolsillo trasero.
A mis nueve años yo era un fanático absoluto de Dragon Ball. Aquellos pantalones no eran solo ropa; eran una identidad, un compañero para la escuela. Fue la primera vez que sentí el deseo de elegir yo mi propia ropa; hasta ese momento, nunca había ocurrido. Fue la primera vez que lloré en silencio por algo material. No había pataletas en aquellos tiempos, era otra mentalidad. Si hubo una caminata en silencio por pasillos interminables, tragando saliva y dejando caer las lágrimas sobre mis pies para no hacerme notar, sabiendo que ese capricho no encajaba en el monedero sagrado de mi madre.
Entonces, sentado en el suelo, esperando al otro lado de la tienda, mi padre se me acercó. Se agachó, me miró a los ojos y me preguntó muy calmado: «¿Te gustan de verdad?». Le dije que muchísimo (tú, que me estás leyendo, sabes cómo es esa euforia en un niño). Sin una sola palabra más, sin sermones sobre el esfuerzo ni discursos sobre el dinero, se levantó, tomó los vaqueros y los puso sobre la caja. Nunca supe qué miradas o conversaciones hubo esa noche en casa, pero intuyo que no hubo reproches. Éramos sobre todo, una familia unida que se respetaba.
Esos pantalones me aguantaron años, con parches en las rodillas rotas. Me los compraron un poco más grandes y me duraron, con los dobleces en los tobillos, mucho más de lo que puedo recordar. Aquel gesto me enseñó lo dura que puede ser para un niño una decisión intrascendente para un adulto y, al mismo tiempo, lo profundamente visto, escuchado y amado que te hace sentir la decisión contraria.
Al convertirme en padre comprendí que las oportunidades no aprovechadas se pierden para siempre en el tiempo. A veces solo hace falta una mirada para que un instante no sea olvidado. Recuerdo una de las visitas a la familia materna de mi hijo, cerca de su primer cumpleaños. En ese instante, mi hijo se encontraba en brazos de su madre, rodeado de una multitud que parecía abrumarlo. Pero entonces levantó la mirada, giró la cabeza, señaló hacia mí y pronunció dos palabras tan dulces para mí y poderosas para él: «con papá». En ese preciso momento sentí cómo se estrechaba un lazo invisible entre nosotros; un vínculo que simbolizaba la certeza de ser visto, independientemente del lugar, una necesidad en su vida, y que desde entonces no ha parado de mutar en formas.
Sin dudarlo, lo tomé en brazos y una vez más nos sumergimos en nuestro propio mundo, un espacio de calma y absoluta confianza. Para alguien tan reservado e introvertido como yo, dar ese paso no fue fácil.
Nos hemos acostumbrado a dejar de mirar a otro ser como un fin en sí mismo, con su complejidad, su misterio y su historia única, y lo hemos convertido en otra cosa, quizás en un trámite, obstáculo o una prolongación de nuestras propias expectativas. Mirar a un niño no es lo mismo que verle.
Cuando mi hijo era más pequeño y no sabía hablar, creamos un gesto especial. Consistía en colocar suavemente nuestro dedo índice en nuestro ojo, un gesto que lleva implícito un poderoso significado: que lo veo, que estoy presente y atento a él en esos momentos. Aunque no puedo saber con certeza cuánto sentido tiene para él, para mí este gesto simboliza el principio de nuestra conexión profunda.
Este gesto especial fue inspirado por la película Avatar. Cuando Jake Sully habita por primera vez su cuerpo Na’vi, no se comporta como el marine curtido en batalla; entra como un niño. Es torpe, se emociona sin filtro y es incapaz de sobrevivir en ese mundo sin ayuda. Entonces llega Neytiri, lo ve y pronuncia sobre él un Oel ngati kameie: «Te veo». Lo que ocurrió a raíz de eso es historia del cine.
Pero ¿Cómo convertimos esa figura de protección en algo real para nuestros hijos? Es un proceso continuo de presencia y reflexión que también me ha hecho valorar la labor de las generaciones anteriores. En hebreo, la palabra para «honrar» es Kābēḏ, cuya raíz significa literalmente «dar peso», «dar valor» o «tratar algo como denso y valioso». Hay una soberbia contemporánea en pensar que por tener más libros de crianza somos mejores que nuestros padres. Ellos comprimían el cronograma. No se trataba de acelerar la madurez ni de exigirles antes de tiempo a los niños, sino de presencia, escucha y valoración en el momento exacto en que la ocasión aparece de forma natural. Ellos no teorizaban el futuro: vivían en el presente.
De vez en cuando hago pequeños experimentos con Hugo. Compro un coche de Hot Wheels por poco más de un euro y lo guardo. Días después voy con él al mismo estante y le digo que elija uno. Jamás acerté el que él elegiría; los que él buscaba me parecían aburridos o sencillos. Las primeras veces se giraba a mirarme, buscando en mis ojos la señal para no equivocarse. Pero para la tercera ya ni miraba, lo que me hace suponer que eligió con absoluta libertad.
Cuando busca entre sus juguetes no dice «busco el coche rojo». Dice: «Estoy buscando el coche que elegí». Ese juguete vale porque en él reside su primera noción de libertad y la certeza de que su padre estuvo allí, en silencio, para custodiar su decisión, entender sus preferencias sin juzgarlo.
Hace unos días discutí con la madre de Hugo por algo aparentemente insignificante: quién decide cómo lleva el pelo. Ella considera que cortárselo es como cortarse las uñas, una cuestión de cuidado personal que no merece debate, pero curiosamente, siempre recae en ella. Pero me llamó la atención que, para hacerlo, haya que pedir cita, acudir a su misma peluquera y elegir un corte, por simple que sea. Hay una decisión estética en todo aquello que no existe de la misma manera cuando te cortas las uñas al salir de la ducha.
Me dijo que siempre que le pregunta, Hugo acepta. Y una vez más, pensé si se confunde de forma inconsciente o ya empieza a ser de forma predeterminada una respuesta afirmativa con una elección. ¿Qué significa ese sí cuando la pregunta procede del adulto que organiza la situación, elige el momento y determina las opciones? ¿No estaremos los adultos controlando el presente y de esta forma poder fabricar un futuro donde sigamos teniendo influencia en los niños?
Simplificar la realidad para controlar el relato no es una práctica que honre a los padres. Si conviertes una decisión compartida en una «rutina sin importancia», el mensaje que queda es el despojo de la otra parte en su capacidad de decisión. Porque llevar a tu hijo a cortarse el pelo también es una actividad digna de disfrute y forma parte de la complicidad y el vínculo con nuestros hijos. Quizá a Hugo le dé igual cómo lleva el pelo o tal vez no haya desarrollado todavía una preferencia, pero precisamente por eso me cuesta dar por hecho que la cuestión carece de importancia.
Que algo sea irrelevante para un adulto no significa que tenga que serlo para un niño. Al final, lo que me preocupa no es el pelo. Es que, mientras esperamos a que los niños sean suficientemente mayores para decidir por sí mismos, podemos acostumbrarnos a decidir por ellos incluso cuando no sería necesario. Y cuando nos acostumbramos, dejamos de distinguir entre aquello que necesitan que decidamos nosotros y aquello que podrían empezar a decidir ellos.
Cuando me separé, me dijeron que debía ceder parte de mi custodia porque mi hijo era lactante y yo no podía proporcionarle eso. Entonces pregunté qué pasaría el día en que me necesitara a mí para bañarlo o para darle un abrazo, a lo que me respondieron que eso también podía hacerlo otra persona. Sentí literalmente cómo el corazón se me hacía añicos.
Yo no estaba preguntando si alguien más era técnicamente capaz de realizar la tarea. Yo estaba preguntando qué ocurriría con la voluntad y la preferencia de Hugo. Porque satisfacer la necesidad física de un niño jamás será lo mismo que reconocer a la persona concreta a la que ese niño ha elegido recurrir para satisfacer su necesidad.
Todo ser humano debería tener la capacidad de mirar en su corazón de forma serena y hacerse preguntas sin ser juzgado. No quiero dejar de observarlo por miedo a equivocarme; a veces, cambiar una circunstancia permite descubrir algo que la repetición había vuelto invisible. La vida de un niño no se compone de trámites, sino de elecciones que le proporcionan libertad para que, algún día, puedas decirle con total seguridad:
«Esta es la herencia que recibí de mis padres, esta es la que te doy a ti, y tú tendrás el peso y la libertad de hacer lo mismo con la tuya».
Vivimos en una sociedad donde quizás la mayoría de padres prefiere la seguridad de una mentira bien contada o de una realidad inventada antes que enfrentar la crudeza de lo real. La verdad siempre fue dura e incómoda. Snowden dijo que «no se puede despertar a quien finge estar dormido». Así que esta rueda, la de la infancia, seguirá girando hasta que estemos tan perdidos como sociedad que no exista otra salida.
Últimamente he escuchado hablar de una profecía religiosa, la idea de que lo divino regrese a la Tierra. Quizás no sea un evento físico, nadie venga a salvar el mundo, quizás sea el nacimiento de una nueva conciencia social. Quizás la humanidad empiece a desarrollar una empatía radical, reconociendo el sufrimiento del otro como propio. Quizás la infancia que yo entiendo se vea más como un acto de fe y no de razón.
Por lo tanto, quizás la forma más honesta, humilde y esperanzadora que se me ocurre para cerrar esta reflexión sea, simplemente, un «Que Dios bendiga a los niños».
Ser padre empezó con una promesa que hoy puedo cumplir: «Te veo». Pero sé que no siempre podré estar ahí para mantenerla. Cuando llegue ese momento, a un padre solo le queda el deseo de que su hijo camine protegido.
Que Dios te bendiga, Hugo.