Perder el contexto

A veces quiero creer que no me perderé cosas de mi hijo y que siempre estaré presente y conoceré sus decisiones, pero cada vez soy más consciente de que el autoengaño está llegando a su fin, y eso me duele bastante. Por primera vez, me encuentro ante una conducta de mi hijo que no consigo interpretar desde el conocimiento que tengo de él. Una decisión que, por sencilla que parezca, no consigo organizar en mi cabeza ni darle un sentido. No solo voy a perder tiempo con él. También voy a perder contexto. Y es un pellizco doloroso.

Hace unos días se ensució una camiseta que pertenece a su otra casa. Al llevarlo al colegio, me preguntó dónde estaba y le dije que sucia. Entonces me dijo que no importaba que estuviera sucia, que la echáramos en la mochila para devolverla a su sitio. Me invadió una sensación extraña que nunca había sentido a su lado: algo parecido a estar en el mundo, pero no ser del mundo. Siendo sinceros, lo felicité por su razonamiento, con sus 5 años no me lo esperaba, aunque también admití que no podía saber qué podría significar esa claridad o estructura mental en el futuro.

Quiero comprender que la camiseta no es simplemente una cosa que pertenece a la otra casa. Es algo de Hugo que, al mismo tiempo, me recuerda que existe una parte de su vida organizada fuera de mí. Hugo está aprendiendo a vivir en una estructura que los adultos han dispuesto para él y que, al mismo tiempo, hace que yo no esté siempre presente; y está empezando a manejar esa estructura por sí mismo. Quizás está creciendo en unas circunstancias que hacen especialmente visible algo que, en otras circunstancias, habría descubierto más despacio y a mí me hubiera ayudado a asimilarlo mejor.

Desde que soy padre, narrar se ha convertido en una pasión sanadora, casi divina para mí. La utilizo como herramienta para dar testimonio de una época bellísima y transformadora en ambas direcciones: la infancia y la paternidad, en tiempo real. Me ayuda a no ser juez de mi hijo; intento ser solo un testigo más que observa el hecho desnudo, con su incertidumbre, su extrañeza y su precio. Al intentar narrarlo con el mayor realismo crítico, hay una grieta abierta que nunca puedo cerrar, y eso a veces me deja en una posición bastante vulnerable. Al mismo tiempo, hay algo maravilloso que puede surgir de estas narraciones sin cerrar: es un puente, respuestas para el futuro y paz para el presente.

A veces tengo un debate con mi padre; él insiste en que las personas nacemos con una naturaleza inamovible y que, por mucho que un padre se empeñe, un hijo terminará haciendo lo que quiera independientemente del esfuerzo depositado. Realmente puedo sentarme a su lado y entender su postura. Puedo visualizar su vida trabajando de sol a sol para poder salir adelante. Mientras tomamos una cerveza y le cuento mis teorías, puedo ver en su rostro resignación por aceptar que tuvo una vida donde no había espacio ni tiempo para la teoría pedagógica. Imagino que todo ello está alimentado por la enorme diferencia entre mi hermano mayor y yo. Desde la enorme distancia temporal que nos separa, me pregunto cómo de difícil debe de ser aceptar que la incomprensión de algo no te libera de su juicio.

Le cuento que subestimamos el peso que tiene el entorno sobre los niños, le hablo de psicología del comportamiento y de algunos experimentos sobre el «poder de la situación» —como los desarrollados por el psicólogo Philip Zimbardo en la prisión de Stanford—, donde se intenta demostrar que el contexto y el sistema en el que se ubica a una persona influyen profundamente en su conducta y podrían sobrescribir sus intenciones individuales.

Entonces le digo que estoy convencido de que la situación y el entorno que construimos a su alrededor representan la inmensa mayoría de lo que un niño llega a ser. Le explico que los niños son la semilla y la genética es la tierra; pero la crianza —lo que reforzamos, la vida que llevamos y el ejemplo que damos— es el abono que esparcimos, los días que arrancamos las hierbas de alrededor, la caña que ponemos para guiar su desarrollo y los tallos malos que cortamos; es lo único que está en nuestras manos para enfrentar los temporales que llegarán.

Y siento cómo poco a poco mi voz se va apagando hasta quedarse en silencio mientras le doy un sorbo a la cerveza; quizás le estoy contando una tormenta por la que no debería mojarse. Quizás mis explicaciones son solo castillos en el aire de una generación que ha tenido el privilegio de poder pensar la paternidad en lugar de simplemente agachar la cabeza y ejecutarla. A continuación nos levantamos y cogemos unos membrillos que aparentan buena salud; me explica que por dentro estarán en mal estado porque, curiosamente, no les hice caso. ¿Me quería decir algo?

Hace un par de semanas estuvimos en la feria de Vélez-Málaga, donde vive mi padre; una buena oportunidad para visitarlo con Hugo. Paramos en el puesto de pescar patitos y la pareja de mi padre, poniendo toda su atención en el niño, le ofreció jugar para que pudiera elegir cualquier regalo de la caseta: carta blanca. Pero Hugo, para sorpresa de todos, tras pasearse un rato en mis brazos para observar bien el mostrador, rechazó la oferta porque consideró que allí no había nada interesante.

A continuación llegamos a la caseta del tiro con escopeta de aire comprimido, donde se derriban palillos o se tiran latas. Era el momento de mi padre. A los hombres nos gusta sentir que todavía somos capaces; quería disparar y conseguir algún trofeo para su nieto. Algo para recordar. Sin embargo, una vez más, en la estantería no hubo nada que despertara el interés de Hugo.

Les intenté explicar que Hugo es un afortunado porque tiene de todo. He intentado que sus juguetes tengan valor para él, que sean herramientas con las que crear sus propias historias, no objetos que necesite acumular ni regalos que deba aceptar para complacer a quien se los ofrece. No tiene todos los Pokémon del mercado, pero tiene los necesarios para crear sus historias, y eso a él le basta. Y así ocurre con casi todo lo demás.

Debemos aceptar que el verdadero asunto sobre aceptar algo no es el consumo, ni siquiera la gratitud. Es la libertad de no tener que corresponder emocionalmente a la otra persona. Espero haber podido expresarles que el rechazo no es una falta de gratitud, quizás solo una falta de motivación. Realmente, si alguien quiere sorprender a mi hijo, es mucho más fácil hacerlo comprándole un dedo viscoso de dos euros con el que dejar volar su imaginación y convertirlo en un gusano, que un dinosaurio de treinta euros. Y curiosamente, la feria, que debería ser eso, me dio la impresión de que carece por completo del efecto sorpresa en los niños.

Al no haber forma de «satisfacer» a Hugo con ningún trofeo de la feria, nos fuimos a comer. Allí sentados, mientras la pareja de mi padre iba a pedir, Hugo se descalzó y empezó a arrastrarse por el suelo. Nos reímos, incluso Hugo, pero entonces mi padre soltó: «Para lo que te ha costado la ropa… te da igual». En ese momento dejé de reírme y observé a mi hijo: llevaba un pantalón negro de chándal y una camiseta verde de manga corta —ambos del Primark y elegidos por él— y unas zapatillas tipo Crocs de los chinos. A continuación me miré a mí mismo: los dos íbamos vestidos exactamente con el mismo corte. Cambié la risa por una sonrisa; sinceramente, no sabía muy bien si yo iba como él o él iba como yo.

Esa misma negociación sutil con el entorno y sus miradas volvió a manifestarse hace una semana a la salida de la consulta del pediatra. Coincidió con mi turno de custodia, pero su madre nos acompañó. Tenemos un pacto no hablado de acudir juntos a estos eventos para acompañar a Hugo entre los dos; un acuerdo hermoso pero que, de forma inevitable, junta por un instante los dos mundos en los que él orbita. Lo llevé desde el coche en brazos, sin zapatos, hasta el ambulatorio; una vez allí, se bajó y correteó por el edificio. No paró de jugar y crear historias, una forma bonita de pasar por pediatría, aunque es cierto que su comportamiento cambia sutilmente según de quién sea la custodia ese día.

Al salir de nuevo, el tiempo, que a veces vuela a su lado, se detuvo. Justo en la puerta se paró, miró a su alrededor, miró a su madre y volvió su mirada hacia mí. En esa triangulación silenciosa percibí que estaba evaluando la confluencia de miradas y expectativas. Entonces me preguntó si ahí fuera también podría ir descalzo. No aparté la mirada y le pregunté si había cambiado algo en él o en el entorno para no poder seguir descalzo. Me contestó que no, y bajó corriendo por la rampa de acceso al ambulatorio haciendo sonidos como un Parasaurolophus. La pregunta me extrañó, porque él ya tiene bastante experiencia en situaciones similares, ya lo conocen en el Mercadona como el niño descalzo.

Sé que con sus cinco años no puede alcanzar a comprender la profundidad de lo que le acababa de preguntar. Pero su «no», en su extrema sencillez, validaba la pregunta entera: nada había cambiado en el suelo ni en sus pies. Entonces pensé: lo único que había cambiado en esa puerta era la sensación de algún juicio ajeno y las normas invisibles de los adultos. Al decir que no, quizás Hugo me estaba haciendo un guiño y estaba validando que el contexto y el sistema en el que se ubica a una persona influyen profundamente en su conducta y podrían sobrescribir sus intenciones individuales, pero que la presencia de una mirada que no juzga le permite adentrarse hacia una realidad que le recuerde con más precisión quién es realmente.

Hoy vuelvo a recordar nuevamente aquella cerveza con mi padre. Quizás tenga parte de razón. Quizás dentro de diez años, cuando Hugo cumpla catorce, decida que no le importa la tierra, ni la finca, ni sembrar o recoger frutos, ni las horas que pasamos juntos descalzos. Quizás quiera una moto, dinero para el cine y una vida cómoda que no lo ponga contra la pared. Y si llega ese día y es su decisión, lo aceptaré y estará bien. Pienso que demasiada gente a lo largo de la historia se ha preocupado demasiado por lo que los demás piensan y no por lo que es verdadero y correcto. Yo hoy me preocupo por lo que considero verdadero y correcto, y no quiero que Hugo mañana se preocupe por lo que otros dirán, aunque ese otro sea yo.