En Herencia Paternal no solo quiero hablar del presente o lo que hago por mi hijo. También me gustaría hablar de todo aquello que recibí para poder convertirme en quien soy.
Porque una herencia no empieza en el momento en que tienes un hijo o te conviertes en padre; empieza mucho antes. Y para entender algunas cosas de este árbol que intento construir… tengo que bajar a las raíces.
Las heridas en la estructura
Hay lugares dentro de uno mismo donde no entras todos los días. Y cuando entras… descubres que las heridas que habían cicatrizado ahora son una extensión más de tu estructura interna; se han desarrollado y evolucionado para formar parte de ti y que puedas vivir con ellas.
Esas heridas me recuerdan que mi día nunca se asemejará al tuyo, sin importar cuánto lo intente o cuántos años pasen. Hay momentos en los que deseo poder llamarla, pero elijo aguantarme. A veces marco el número de teléfono de la casa donde crecí, pero el miedo me hace colgar rápidamente. En ocasiones, levanto la voz y le hablo en voz alta, mirando al cielo en busca de consuelo.
Otros días, le pido al dolor que se quede en silencio, porque sus palabras ya están grabadas en lo más profundo de mi corazón. Sin embargo, la verdad es que nada de eso es suficiente y nunca lo será.
La pérdida de los detalles
Perdí a mi madre cuando tenía trece años debido a un tumor cerebral. A medida que el tiempo avanza, el temor de olvidar los pequeños detalles de ella me atormenta. Una de las cosas más extrañas y fascinantes del tiempo… es que no solo te aleja del dolor; también te aleja de los detalles.
Los recuerdos más vívidos son de cuando ya no se encontraba físicamente bien. Recuerdo haberla visitado en el hospital y parecía que era muy feliz, o cuando le daban el alta y le dábamos la bienvenida en casa; no puedo olvidar su sonrisa cuando se puso por primera vez una peluca. Y ahora que lo digo en voz alta… me hace darme cuenta de la increíble fortaleza que mostraba por todos nosotros.
La muerte de mi madre no fue una sorpresa, pero el vacío en mi corazón fue devastador. Durante un par de años luchó contra ese tumor y, aunque sabíamos que el día llegaría, nunca estuvimos preparados. Su muerte tampoco impidió que el mundo dejara de girar, a pesar de que cerré los ojos con todas mis fuerzas para que sucediera.
Las semanas después de su muerte son borrosas. No recuerdo comer, bañarme, vestirme o cómo me trasladaba de un lugar a otro. Recuerdo los primeros años como un puro modo de supervivencia. Fue descubrir quién era yo y en qué se convertiría mi vida durante esta horrible nueva normalidad.
Comprendí que el duelo sería mi compañero y duraría toda la vida. Es más complejo de lo que puedo expresar; sin embargo, definitivamente subestimé las formas en que ese dolor cambia con el paso del tiempo.
Anarquía y asfalto
Debido a la enfermedad de mi madre, me vi inmerso en una situación inusual para un niño durante su preadolescencia. La falta de supervisión y responsabilidades diarias me brindó un exceso de tiempo libre y una sensación de anarquía. No había nadie dirigiendo mi vida; era una locura. Cuando un niño se encuentra en medio del caos, está caminando por un fino alambre, al borde de la destrucción.
Entonces apareció una bicicleta. Y el ciclismo, algo que parece una tontería o a simple vista algo trivial, se convirtió en mi nuevo propósito.
El ciclismo se convirtió en una poderosa forma de expresión para mí, un escape para liberar la rabia y la tristeza que contenía en mi interior. Cada vez que me subía a la bicicleta, podía alejarme de la realidad. A pesar de no tener una buena bicicleta, mi constancia y empuje me llevaron a recorrer todas las carreteras de la comarca. Me hice visible para más personas, lo que atrajo la atención de otros ciclistas más experimentados del pueblo.
Gente como «El Sebi», su amistad y compañía fue crucial. En su escaparate había un trofeo al más joven de la carrera que se organizaba por aquel entonces en Algarrobo y era conocida como «El Pavo», que finalmente gané; «El Amolao», «El Nino», «El Moyano», «El Lobo», «El Peluca» o «El ñoño» entre otros muchos; y Sebastián «El Zapatero», quien me prestó aquella bicicleta de carretera Corbetta junto a su hermano Óscar. A pesar de ser mayores que yo, todos, varios años más, decidieron acercarse para ofrecerme su compañía. Se convirtieron en una familia, o lo más parecido que tuve a una. Vivíamos nuestra propia versión de la película «El Relevo».
Mirando atrás… creo que muchas veces no entendemos el peso que tiene para un niño, un adolescente o incluso un adulto que alguien decida incluirlo en su entorno y hacerlo parte de algo más grande que uno mismo. A eso, entonces, se le conocía simplemente como «amistad».
La mirada en el sofá
Por entonces, no había autoridad en mi vida a quien pedirle permiso para salir o entrar. Recuerdo una vez: una vecina poseía un cortijo en el cruce de Árchez, en la carretera que sube hacia Cómpeta desde Algarrobo. Era una ruta que solía recorrer semanalmente, lejos de casa.
Mis tías se enteraron de mis salidas lejanas en bicicleta porque esa vecina se los contó, así son los pueblos. Preocupadas por mi seguridad en una carretera con tantas curvas, trataron de convencerme utilizando a mi madre para que dejara de montar en bicicleta o ir tan lejos. Mi madre, que tenía la enfermedad bastante avanzada y medio cuerpo con parálisis, estaba sentada en el sofá, parece que fue ayer, apoyada en cojines para no caerse.
Nadie se tomó la molestia de preguntarme qué significaban para mí esas salidas. Pero mientras todos hablaban, los ojos de mi madre fijos en mí fueron todo lo que necesité para entender aquel momento.
A pesar de que intentaba hablar y no podía, su mirada transmitía la serenidad y la paz que yo necesitaba. Con una sonrisa de medio lado y unos ojos brillantes, entendí sus deseos, y entonces se hizo el silencio.
Mi madre, consciente de que su tiempo se acortaba, me enseñó que no hay nada más importante para un hijo que saber que tiene la confianza de su ser más querido, incluso cuando todo está en contra. Su amor incondicional me regaló el poder de ser dueño de mi propia vida. Y eso convirtió a aquel niño en lo que hoy soy.
Desearía poder volver a aquel momento, no hay día en que no desee volver a los 13 años y estar allí de pie para poder gritarle con toda la fuerza de mi ser: ¡No quiero que te vayas! De verdad, no quiero crecer, mamá. Pero la vida no nos da el lujo de retroceder, y nos enfrentamos al desafío de aceptar la pérdida, llevando con nosotros la carga de lo no dicho.
El pedazo del corazón
A medida que envejezco y veo a desconocidos en la calle tener relaciones adultas con sus madres, empiezo a sentir este vacío en formas para las que no estaba preparado. Y ahora que soy padre, el duelo toma una forma diferente. No solo me duele por mí, por si no fuera poco, ahora me duele también por mi hijo. Nunca llegará a conocer a esta increíble mujer llamada Amparo.
Ahora, como padre, no tengo fueras para imaginar el sentimiento de mirar a los ojos a tus hijos sabiendo que tendrás que dejarlos atrás. Intento no insistir en cuánto te estás perdiendo, mamá. Te perdiste ver cómo mi hijo llegó a este mundo. Hubiéramos llorado juntos en la ruptura y te hubieras vuelto a ilusionar al ayudarme a construir un hogar. Te lo perdiste todo, pero espero que algún día te vea y me digas que estuviste allí conmigo. Aunque yo no te vi. Lo espero de corazón.
La llegada de mi hijo cambió mi vida para siempre y mi corazón se expandió para dar cabida a un amor que nunca imaginé. Y aunque la extraño cada día, quiero creer que su espíritu vive en mí y en mi hijo. Él crecerá con la fuerza de su abuela, porque yo la heredé para transmitírsela, y no importará que no pueda conocerla físicamente.
«No sabía cuánto era un pedazo de tu corazón, mamá, hasta que mi hijo tomó un pedazo del mío.»
Si has llegado hasta aquí, quizá entiendas por qué no acepto el relato oficial. Paternidad no es un título que te regalan, es algo que se conquista: [Ganarse el derecho a sentirse padre].