Esta es mi crianza paralela con Hugo

Hoy quería hablar un poco sobre la crianza paralela.

Hace poco estuve visitando un colegio nuevo para el curso que viene junto a la madre de mi hijo y Hugo. Era la primera vez en casi dos años que hacíamos algo los tres juntos que no fuera un intercambio.

Cuando terminamos la visita, Hugo le propuso a su madre invitarme a ir al parque para jugar un rato los tres.

Y allí, en el parque, pasó algo que me llenó de orgullo: Hugo mantuvo un equilibrio casi perfecto entre su padre y su madre. Atención, cariño, juego… todo en su justa medida.

Mientras lo observaba, recordé algo que a veces olvido: no soy lo suficientemente consciente de lo fácil que me ha hecho la vida estos dos años.

Algún día, como muchos hijos de padres separados, Hugo seguramente se hará una pregunta difícil: si tuvo algo que ver con la separación de sus padres.

Hugo, si algún día lees esto, quiero que lo sepas con total claridad:
tú no tuviste absolutamente nada que ver.

Si tuviera que dar una razón sencilla de por qué tus padres se separaron, diría que fue por falta de comunicación. No por falta de hablar, sino por falta de comunicar: decir qué quiere cada uno, qué necesita y qué espera del otro.

Muchas veces los hombres no hablan, pero no siempre es porque no quieran.
A veces quieren comunicar algo importante, pero sienten que primero deben atravesar un proceso emocional… y al final, terminan guardándolo.

Todo tiene su historia y su contexto, pero con el tiempo uno empieza a ver las cosas de otra manera.

A veces se necesita tiempo. Como la fruta en un árbol. Tiempo para madurar.

Cuando Hugo nació, intentábamos que los dos estuviéramos presentes en casi todo. Queríamos vivir cada momento, cada experiencia, cada actividad.

Y ahora me doy cuenta de que hay una línea muy fina entre querer estar presente y empezar a competir por esos momentos. Nadie te prepara para esa línea cuando eres padre y pareja.

Yo soy práctico. Me gusta que las cosas funcionen con la menor fricción posible.

Por ejemplo, cuando empecé a lavarle los dientes a Hugo, encontré una forma de hacerlo jugando, teniéndolo en brazos.
Él empezó a querer que fuera yo siempre quien se los lavara, así que terminé haciéndolo yo siempre.

Pero poco a poco empiezan a crearse dinámicas que nadie habla. Parecía algo práctico… pero también era yo el principal beneficiado.

A veces es muy difícil ser juez y parte al mismo tiempo.

Cuando uno toma decisiones sobre la vida de un hijo, también está metido emocionalmente en esas decisiones: el lugar donde vive, el colegio al que va, las personas que conoce. Y cuando estás dentro, no siempre es fácil ver las cosas con total claridad.

Por eso hoy intento hacer un pequeño ejercicio:
no ser solo parte… sino también un buen juez.
Intento preguntarme con honestidad qué es lo mejor para Hugo, incluso cuando eso no coincide con lo que a mí me gustaría.

Porque al final, cuando hablamos del futuro de un hijo, lo más importante no es lo que nos conviene a los adultos…
sino lo que realmente puede ayudarle a crecer mejor.

Con el tiempo entendí algo más: ya existía una especie de crianza paralela.
Con papá se hacían unas cosas, con mamá otras.

Eso empezó a mostrarme algo muy interesante: qué esperaba mi hijo de mí.
Ver sus preferencias, sus pequeñas fricciones, leer entre líneas en el día a día… me ayudó a conocer a Hugo de una forma que no esperaba.
Para un padre separado, eso es un regalo.

Hubo momentos difíciles que no supe gestionar bien, por ejemplo cuando prefería quedarse conmigo en lugar de ir a algún sitio con su madre, o cuando quería que le leyera un cuento mientras tomaba el pecho.

Hoy pienso que como padre no hubiera perdido valor si le hubiera dicho:
«ahora es el momento del cuento con mamá… luego tendremos el nuestro.»

Hoy, aunque es doloroso no estar los tres juntos, también tengo que reconocer algo:
sin aquella tragedia probablemente no existiría el espacio tan personal que tengo con Hugo aquí en el campo.

Aquí pasan cosas muy sencillas: criamos gallinas, plantamos fresas, y todos los días observamos si algo crece o madura.

Cuando Hugo está aquí conmigo, poco a poco deja de estar pendiente del adulto.
Deja de intentar leer qué quiere el adulto para complacerlo.
Empieza a escucharse a sí mismo, a decidir a qué quiere jugar, qué quiere explorar, qué le interesa realmente.

Y creo que ese es uno de los regalos más grandes que puedo darle como padre:
un espacio donde no tenga que estar pendiente de los adultos, sino donde pueda empezar a descubrir quién es él.

Para que la crianza paralela funcione hay dos cosas importantes:

  1. Dejar las cosas claras en el convenio: horarios, vacaciones, lugares de recogida. Cuantas más cosas queden claras, menos fricciones aparecerán.

  2. Mantener una comunicación sencilla y centrada en lo necesario para el niño. La mayoría de veces un simple “hola” y “adiós” en los intercambios es suficiente.

Porque cuando intentábamos comunicar más de lo necesario muchas veces aparecían interpretaciones.
Si un padre decía que el niño no quería ir a un sitio y prefería quedarse jugando, el otro podía interpretarlo como comparación o incluso manipulación.

Con el tiempo entendí algo muy importante:
no puedo controlar todo lo que ocurre en la vida de mi hijo.
Tampoco puedo controlar cuándo maduran las fresas… ni si él estará aquí conmigo para recogerlas.

Pero sí puedo decidir qué represento cuando está conmigo, qué valores le transmito, qué ejemplo le doy.

A Hugo le encantan los dinosaurios. A veces le explico que si los dinosaurios no hubieran desaparecido, quizá los humanos nunca habríamos tenido el espacio para desarrollarnos como lo hicimos.

A veces las tragedias dejan huecos que antes no existían.
Y aunque la separación de sus padres fue una de ellas, también abrió un espacio nuevo entre Hugo y yo:
un espacio donde estoy aprendiendo cada día a ser mejor padre, donde siento orgullo por su manera de ser y liberación al poder darle un espacio auténtico para crecer.


A veces, la respuesta a esa felicidad no llega en los momentos de calma, sino en el reflejo de las crisis. Estos son [Los espejos de mi separación].