Los espejos de mi separación

Voy a intentar explicar qué he perdido y qué he ganado en este año y medio de separación.
Para ello, he identificado cuatro espejos.
En cada espejo se puede ver lo que he perdido, pero al mismo tiempo, se refleja lo que he ganado.
Si estás pasando por una separación o tienes curiosidad, te invito a que te quedes.

En el primer espejo, he perdido dar y recibir amor, estar enamorado.
Para mí, estar enamorado es algo muy especial. Creo que a los adultos nos gusta estar o sentirnos enamorados porque es lo más parecido a volver a ser niños.
Los niños viven enamorados: de sus juguetes, de sus padres, de su casa. Esa sensación de vulnerabilidad y fuerza, de querer ser y querer estar.
Sí, he perdido esa sensación, pero he ganado amor propio.
Ese amor que antes fluía entre dos personas, ahora lo tengo que generar y recibir yo mismo.
Celebrar pequeños logros, detenerme a escucharme, ser consciente de mí mismo.
Dejar de sentirme mal porque nadie me quiera y sustituirlo por sentirme bien por quererme a mí mismo.
Dedicarme tiempo para comprenderme y sentirme bien estando solo ha sido muy importante y necesario.
Y aunque siempre no ha sido fácil, aquí estoy un año y medio después contándolo

En el segundo espejo, he perdido el apoyo de una pareja.
Esto tiene mucho peso y es difícil de sustituir.
Sí, otras personas pueden brindar apoyo: familiares o amigos, pero no es lo mismo.
Por lo menos en mi caso
Pongamos un ejemplo:
Hace unos años, tuve una caída escalando en Sierra Nevada.
El helicóptero vino a recogerme y el susto fue grande.
Entonces, mi pareja salió corriendo de su trabajo para asegurarse de que yo estuviera bien, sin necesidad de explicaciones.
Eso para mí significaba mucho.
Es verdad que los padres también lo hacen, no lo pongo en duda, pero, que lo haga otra persona, eso tiene mucho valor
Hoy, ese apoyo no está, pero he ganado comprobar lo fuerte que soy.
Otro ejemplo: el primer mes de vivir en el campo, cortando unas ramas de un pino que en caso de caída eran peligrosas
cuando estaba colgado, una rama gigante se partió y me golpeó, provocándome una luxación en una costilla.
Al bajar, como pude, pensé en llamar a alguien, a ese apoyo, que antes me habría salido corriendo en mi búsqueda y «salvarme».
No lo hice. Me di cuenta de que somos más fuertes de lo que creemos.

En el Tercer espejo, he perdido tener un proyecto de vida en común, pero he ganado un proyecto de vida único.
Un proyecto de vida en común es crecer y envejecer junto a otra persona. Compartir experiencias, sueños y proyectos.
Mi proyecto actual es vivir en el campo, algo incompatible con mi antigua relación.
Vivir en el campo es complejo, pero te permite desarrollarte, tomar decisiones transcendentes y tener autonomía.
Entiendo que a veces es difícil elegir donde vivir, quiero decir, a veces por temas laborales y otras por temas familiares, no elegimos donde vivimos
Pero nosotros, sí elegimos donde vivir, o por lo menos, teníamos la posibilidad de cambiar de residencia teniendo cierta voluntad
Antes, los fines de semana y vacaciones siempre implicaban salir de casa. Entonces, yo me preguntaba: «Si te gusta dónde vives, ¿por qué la necesidad de irte?»
Ahora disfruto de estar aquí, descubrir los alrededores, pasear, hacer deporte, contemplar la naturaleza.
No tengo la necesidad de huir de aquí, digamos que me he enamorado.
Vivir en el campo te conecta más con la naturaleza y te hace consciente de los recursos que tienes.
Te invita a la introspección, a reflexionar, a descubrir, a aprender, ser más autosuficiente, a crecer con un claro sentido del… propósito

Ese es el cuarto espejo: el sentido del propósito.
En mi caso, no he perdido el propósito… simplemente ha cambiado.
El propósito es lo que le da sentido a tu vida, lo que guía tus acciones y decisiones.
Y por eso es tan importante el proyecto de vida: porque es lo que te permite alinear esas acciones y decisiones con tu propósito.
Hoy me siento protagonista de mi vida. Nunca antes lo había sentido con tanta claridad.
Como vimos en el primer espejo, ahora soy mi prioridad y mi preocupación, y eso me permite centrarme mejor en lo que realmente importa.
Eso me da claridad para descubrir qué le da sentido a mi vida y cómo llegar a ello.
Ser más autentico, criar a mi hijo de manera consciente, vivir en coherencia con lo que pienso y lo que hago.
Eso es lo que me llena.
Y aunque pueda parecer el mismo propósito que tenía cuando estaba en pareja, los matices son distintos.
Por ejemplo, la madre y yo podemos desear lo mismo para nuestro hijo, que sea feliz, pero ni entendemos lo mismo por felicidad ni buscamos alcanzarla del mismo modo.
Por eso el propósito, por sí solo, está incompleto si no se sostiene en un proyecto de vida acorde.
Una crianza consciente, entre animales, árboles y cultivos, es lo que más se alinea con mi propósito.
Vivir en el campo me ayuda a ser más coherente y auténtico.
Hasta lo más simple, como coger leña para calentarte, te recuerda el sentido y el ciclo de las cosas.
Y ahí, en ese gesto cotidiano, también entiendo mi propósito.

Toda esta revelación está haciendo que también vire mis pensamientos sobre la crianza de mi hijo.
Siempre defendí que lo principal, lo innegociable, era que un niño debía crecer en una familia estable y unida. Esa idea me acompañó mucho tiempo como un dogma.
Pero en el caso de mi hijo, y después de ver cómo todos estos espejos han revelado cambios tan disruptivos en mí, me sorprendo pensando algo distinto. Quizás, y solo quizás, mi hijo pueda salir favorecido de que sus padres vivan separados.
Porque cuando está conmigo, no solo está conmigo: está inmerso en una vida en el campo, en una experiencia íntima y única junto a su padre. No se trata de visitar una granja escuela un fin de semana, ni de asistir a una escuela alternativa. Hablo de algo más permeable, más real, más sentido: un espacio donde puede respirar autenticidad, donde puede aprender a su ritmo, donde puede simplemente ser quien quiera ser.
Y en ese darme cuenta, descubro que la separación no es solamente una pérdida: puede ser también una nueva manera de regalarle riqueza, horizontes distintos y experiencias que lo formen en profundidad.


En mitad de cualquier ruptura o pérdida, siempre queda un norte invariable. Todo este rastro es, en realidad, para él: [Querido Hugo].