Volver a leer La Ilíada siendo padre

Hay un momento, a veces ocurre tras leer un libro como La Ilíada, en el que uno siente el impulso de salir de la cueva de Platón. Descubrir la estructura ilusoria del mundo. Desnudar el relato de la meritocracia, del libre albedrío, del amor, del destino.

De pronto, todo se vuelve representación. Puro teatro. Y uno cree haber visto la tramoya.

Pero nadie sale realmente de la cueva. Quienes sobreviven en el exterior lo hacen pagando el precio de la cordura. Tal vez por eso necesitamos historias antiguas. Ya que no podemos escapar de este mundo, sí podemos intentar mirarlo con otros ojos.

A veces pienso que ser padre hoy es como estar en una guerra que no elegiste, pero que tienes que pelear con el corazón.

Hace poco releí La Ilíada… y no, no quiero explicarla. No soy profesor de historia. Pero sí quiero compartir mi nueva percepción como padre.

En la mitología griega, la guerra de Troya se desata porque Helena huye o es raptada por París. Ese comportamiento es la chispa de un conflicto político y territorial que ya estaba a punto de explotar. Pero La Ilíada es, sobre todo, una historia de dioses que toman partido y mueven los hilos.

Cuando comienza el relato, Aquiles ya está en Troya sabiendo que no volverá. Este semidiós tuvo padres: una diosa del mar, Tetis, y un rey mortal, Peleo.

  • Tetis sabía que su hijo estaba destinado a morir joven si iba a la guerra. Le ofreció una elección imposible: vivir muchos años pero ser olvidado, o morir joven y ser recordado para siempre. Como madre, intentó protegerlo desde el nacimiento, sumergiéndolo en el río Estigia para hacerlo inmortal.

  • Peleo, su padre, hizo algo muy diferente: no lo detuvo. No lo siguió. No lo empujó. No lo frenó. Como si entendiera que hay batallas que un hijo tiene que elegir solo, y que el papel del padre, a veces, es dejarlo ir… y confiar en lo que su hijo sabrá escribir fielmente en su propia historia.

París vs. Héctor: El arquetipo del hombre actual

Para entender a los héroes que quedan, hay que entender dos conceptos griegos: el kleos (la gloria de ser recordado en las canciones, su forma de inmortalidad) y la areté (la virtud, la excelencia de quien cumple con su deber).

Aquí es donde la historia nos pone un espejo por delante a los hombres de hoy en día.

París es el príncipe que provoca la guerra, pero es pasivo, escurridizo. Se esconde tras su encanto y su deseo. Provoca el caos por amor, pero no se hace responsable; prefiere dejar que otros peleen por él. Representa al hombre que huye. Débil. El que busca placer y validación, pero nunca se planta.

En cambio, Héctor sabe que está condenado. Sabe que Troya caerá, que morirá y que dejará a su hijo y a su esposa solos. Y aun así… se pone la armadura y pelea. No lo hace por gloria ni por ego. Lo hace por su gente, por su hijo, por su deber.

Héctor no busca el kleos, busca la areté. No quiere fama; quiere paz. Y sin embargo, tres mil años después, lo seguimos recordando. Quizás, a la larga, es la virtud, y no la gloria, lo que de verdad permanece en nuestros corazones.

Los griegos no tenían una Biblia que les dijera cómo vivir. Tenían estos relatos épicos. Ahí aprendían sobre la furia, el deber y el destino. Quizá nos sirva a nosotros, padres modernos, para preguntarnos: ¿Qué clase de hombres queremos ser?

Dos escenas que rompen el alma

1. El casco de Héctor

Héctor está a punto de salir a luchar contra Aquiles. Antes de enfrentarse a la muerte, se despide de su hijo pequeño. El niño se asusta al verlo con el casco de guerrero, así que Héctor se lo quita. Lo abraza. Lo alza al cielo y pide a los dioses que un día su hijo sea aún más fuerte y valiente que él.

Sabe que probablemente no volverá, pero no le habla de muerte. Le habla de futuro. De esperanza. No llora. No muestra miedo. Lo bendice… y se va.

¿Por qué muere Héctor? Porque es humano. Podría haberse refugiado tras los muros y sobrevivir, pero elige no esconderse. Su padre, el rey Príamo, le suplica que no lo haga. Pero Héctor decide morir luchando.

2. El llanto de un padre

La Ilíada no termina con una victoria militar, sino con algo mucho más brutal: el rey Príamo cruza solo las líneas enemigas y se arrodilla ante Aquiles. Besa las manos del asesino de su hijo para pedirle su cadáver. No le importa humillarse.

Príamo se postra y le dice: “Acuérdate de tu propio padre, Aquiles… él también es viejo. Y quizá llora por ti ahora, tan lejos de casa.”

Y en ese instante, en mitad de la guerra, todo el orgullo y la furia de Aquiles se deshacen frente al llanto de un padre. Ambos lloran juntos. Hay humanidad.

Como padre, a veces me descubro habitando cada uno de estos personajes:

  • A veces quiero ser como Héctor: proteger a mi hijo con mi propio cuerpo.

  • A veces como Príamo: capaz de humillarme por puro amor.

  • A veces soy como Tetis: con un miedo atroz a que el mundo le haga daño.

  • Y otras, intento ser como Peleo: dejándolo decidir… aunque por dentro tenga el corazón hecho pedazos.

Porque ser padre debería de ser un acto de humildad, el esfuerzo de ser ejemplo, valiente para acompañar y saber permitir. Y es, por encima de todo, un acto de amor.

Hoy el mundo está lleno de hombres como París. Huyen del compromiso, del dolor, de la paternidad consciente. Se escudan en que “es difícil” o en que “no se sienten listos”. Pero lo que necesitamos son más Héctores. Hombres que, aunque tengan miedo, se mantengan firmes. Que aunque el futuro sea incierto, estén presentes.

No quiero ser un París. Quiero ser un Héctor. No porque sea el más fuerte… sino porque soy padre. Porque hay alguien pequeño que me mira… y espera que yo no huya.


A veces, la respuesta a esa felicidad no llega en los momentos de calma, sino en el reflejo de las crisis. Estos son [Los espejos de mi separación].