Hace un par de semanas volví de un viaje de siete días con mi hijo. Es la primera vez que viajamos solos, y llevo tiempo dándole vueltas a lo que realmente ha significado.
He viajado bastante en pareja a lo largo de mi vida. Desde los veintitantos en la Riviera Maya hasta Islandia o Noruega en mi última relación. Y este viaje con mi hijo, ha sido radicalmente distinto a todo lo anterior.
Intentando comprender el porqué, creo que todo este tiempo he dejado pasar algo sin prestarle atención y he confundido demasiadas veces en mi vida: a veces buscamos fuera lo que no podemos construir dentro.
No creo que viajar para desconectar tenga nada de malo. Tampoco que haya que renunciar a buscar experiencias nuevas o de esas que están de moda. Pero sí creo que, algunas veces, esperamos que el viaje haga un trabajo que en realidad le corresponde a la relación, ya sea de amigos, parejas o con los hijos.
Si nuestra rutina en casa se siente insuficiente, distante o simplemente desconectada, es fácil recurrir a la idea de que necesitamos un destino exótico, una escapada rural o un plan especial para volver a sentir algo. Como si cambiar el escenario pudiera arreglar lo que el día a día no consigue generar.
Y claro, cuando el viaje sale bien, parece que todo funciona. Pero si llueve o si el alojamiento no es como esperábamos… de repente aparecen grietas que ya viajaron también con nosotros.
Cuando recuerdo la relación de mis padres, y la mía con ellos, no me vienen a la mente grandes actividades. Recuerdo a mi madre cantando en la cocina, a mi padre arreglando cosas como el calentador y el olor a puchero llenando la casa. Recuerdo sentir que todo lo que necesitábamos para estar bien estaba al alcance de la mano, entre esas cuatro paredes.
Por eso este viaje con mi hijo, a pesar del mal tiempo del norte, o la distancia en coche, no ha tenido ni un solo drama. Y la explicación que encontré es que cuando ya disfrutas estando junto a alguien en casa, los imprevistos fuera de ella tienen poca repercusión en la relación. No fuimos al norte a desconectar, ni a cambiar de vida por una semana; fuimos a exportar nuestra forma de estar juntos a otros paisajes. Digamos que este viaje no ha sido unas vacaciones de nuestra realidad, sino una extensión de nuestra vida diaria.
Considero que nuestro día a día no es una espera ansiosa para que llegue el fin de semana y «hacer algo» para rellenar el vacío. Creo que hemos creado un hogar seguro, construido desde la nada, estando juntos y eso es suficiente para amortiguar cualquier contratiempo. Es fácil hacer equipo fuera de casa cuando ya eres un equipo dentro de ella.
¿Que llegamos tarde al camping? Perfecto. Los baños comunes estaban vacíos y terminamos duchándonos, cantando y jugando sin molestar a nadie. ¿Que la tienda era pequeña e incómoda? Bueno… mi hijo era Teodoro y yo era Dave. Amanecía encima de mi cara. Y saben qué. No me desagrada en absoluto. Porque algún día la tienda será más grande, como ya estoy pensando. Dormirá en otra habitación. Luego en otra casa. Y quizá por eso estos momentos pequeños me han dejado un poco tocado. Porque no durarán para siempre.
Quiero animar a más padres a viajar con sus hijos de forma independiente y humilde, quizás con algo de austeridad. Sin un itinerario cerrado y sin miedo al clima o a la logística. A veces nos obsesionamos con darles «lo mejor» y nos olvidamos de que, a los cuatro años, lo mejor eres tú. ¿Qué eres tú? Tu tiempo, tu atención, tus experiencias, tus habilidades y tu calma.
Viajar así, con el pijama puesto cenando en el maletero del coche o compartiendo confidencias en el espejo empañado de un baño común, te obliga a mirar a tu hijo a los ojos. Te obliga a descubrir que un niño de cuatro años es capaz de adaptarse, de colaborar y de tener más madurez y estoicismo ante un contratiempo que muchos adultos.
En este viaje, charlando un poco con los encargados de dos campings, me confesaban una realidad que da que pensar: apenas se ven padres separados con sus hijos acampando en tienda en el suelo. Lo habitual son las familias tradicionales o, en todo caso, la comodidad disfrazada de aventura de un bungalow. Parece que nos da miedo la incertidumbre. Creo que nos da miedo no tener un entorno hipercontrolado donde tapar las grietas.
Pero al evitarles la incomodidad, les estamos robando algo fundamental. Aunque a un adulto le parezca una tontería, para un niño de cuatro años, cada pequeña rutina fuera de su zona de confort es un logro descomunal.
Conseguir ir al baño fuera de casa es una conquista. Ducharnos en unas duchas públicas, cada uno en una cabina, y tocarnos los pies por debajo del separador para saber que estamos al otro lado es reconfortante. Encontrar la parte más plana del terreno para montar la tienda, clavar las piquetas o tensar las cuerdas es un logro. Decidir a mitad de tarde dejar de ver animales en Cabárceno porque toca parar, preparar algo de comida juntos y elegir entre una sopa de fideos o arroz cocido… eso se siente bien, creo que es porque resulta ser algo familiar.
Quitarles la posibilidad de enfrentarse a esas pequeñas dificultades considero que es profundamente injusto para los niños. Es subestimar su capacidad de adaptación. Al final, viajar así no es solo ver paisajes nuevos; es darles la oportunidad de descubrir que son capaces, que son autónomos y que, pase lo que pase, su padre está a un palmo de distancia, en la misma colchoneta o al otro lado de la pared, cantando con ellos.
No esperes al viaje perfecto. El viaje perfecto es el que puedes hacer hoy con lo que tienes. Te tienes a ti.
Si Dios pudiera hablarnos hoy de forma clara y humana, nos diría algo bastante simple:
«Presten ayuda a las personas, sean hospitales de campaña para sus seres queridos y vivan con calma».
Eso es todo. Es todo lo que necesitamos oir. Creo que es una buena enseñanza para recordar lo vivido estos días. Saber que pase lo que pase, mi hijo contará con mi espada, tendrá un refugio en mitad de la batalla y mi calma para apoyarlo. Porque si hubo unión en casa, cualquier lugar será suficiente.
A veces, la respuesta a esa felicidad no llega en los momentos de calma, sino en el reflejo de las crisis. Estos son [Los espejos de mi separación].