Lo que es bueno para el adulto es malo para el niño

He observado que se ha puesto de moda el debate sobre los espacios «solo de adultos» —esos hoteles a los que en redes les ponen palabros en inglés—. Nadie me ha pedido la opinión, pero quizás a mi hijo Hugo, dentro de diez años, le interese saber qué opinaba su padre.

Uno de los grandes indicadores de nuestro momento histórico es que tener un hijo se ha convertido en uno de los actos de fe más radicales que existen. Significa creer que el mundo que viene merece ser habitado. Yo me pregunto qué clase de mundo estamos construyendo para alguien que todavía no puede elegirlo. Creo que nos encontramos ante una civilización que ha perdido la alegría de vivir y la ilusión por el mañana.

No juzgaré a un niño que grita en un bar, ni a unos padres posiblemente desbordados. Como tampoco hago con el ser humano que está en la puerta del supermercado pidiendo. Las circunstancias pueden cambiar a una persona temporalmente e incluso para siempre. Para los que no tienen hijos, criar hoy no es fácil. Quizás tu vida como adulto puede ser más cómoda que la de tus padres, pero, paradójicamente, la de los niños es mucho más difícil que cuando tú eras pequeño.

Lo que sí puedo hacer honestamente es analizar un post en redes sociales con cientos de comentarios de adultos. Adultos que se han detenido a escribir fríamente. Creo que a esas personas sí se les puede exigir responsabilidad moral cuando se expresan en un lugar público como son las redes sociales. No estamos hablando de la reacción impulsiva de un niño; es, quizás, la amargura meditada de un adulto frente a una pantalla.

En la época del COVID se cerraron los parques para «proteger a los adultos» de los niños. Siempre recordaré las palabras «del Chileno» cuando me convertí en padre: «Lo que favorece a un adulto, normalmente le perjudica a un niño». Resulta ser cierta bastante más veces de las que me esperaba.

El mayor ejemplo es cómo organizamos sus vidas. Nos favorece la escolarización cada vez más temprana porque encaja con nuestros horarios. Pero admitámoslo: separar a un niño de dos años de sus padres durante toda la mañana para meterlo en un aula no es una necesidad del niño, es una necesidad de los adultos. Yo mismo llevo a mi hijo a la escuela sabiendo que es una aberración, pero no me cuento películas. Lo hago porque este sistema no me deja otra opción, y desearía viajar al pasado solo para conseguir no llevarlo.

Admito que intento mantener a mi hijo alejado de la sociedad adulta, y me siento orgulloso de ello. Quiero darle suficiente infancia antes de pedirle que renuncie a ella. Creo que la sociedad actual está tan atrapada en su propia prisa y en sus luchas imaginarias que ha perdido la capacidad de contagiarse de la alegría ajena. A veces, las vidas parecen haberse vuelto demasiado tristes vistas con ojos de niño.

Hay una película, Mi encuentro conmigo, del año 2000. En ella, Bruce Willis interpreta a un asesor de imagen de 40 años bastante cínico, estresado, obsesionado con la reputación, con el éxito social, solo, y que curiosamente también busca el silencio en su tiempo libre. De pronto, por un fenómeno inexplicable, se encuentra cara a cara con él mismo cuando tenía 8 años. Personalmente me encantó la interpretación de Rusty, el niño; nunca olvidaré su cara, desilusionado, al comprender que ha terminado siendo un tipo amargado que no tiene perro, que no ha formado una familia y que ha olvidado las cosas que de verdad importaban cuando era pequeño.

Yo soy padre, pero durante muchos años no lo fui. Para explicar ese cambio, me gusta nombrar a Marco Aurelio donde dice: «Piensa que ya has muerto. Ya has vivido tu vida. Ahora toma lo que te queda y vívela como es debido». Ese es el punto de partida cuando te conviertes en padre. Y explica por qué estos debates están tan polarizados: porque, a ambos extremos, los separa una muerte.

Para entender cómo he cambiado, utilizaré los sitios donde voy a comer. Mis restaurantes favoritos son el McDonald’s o el Burger King. Me encanta el ambiente que hay allí. Reina un caos vivo y libre. Me fascina ver niños corriendo, bandejas por el suelo y, sobre todo, risas. Nadie mira mal a nadie. He ido con la peor ropa del campo y pasaba desapercibido. He visto personas en traje y personas en pijama. Mi hijo ha podido ser su versión más extraña sin ser juzgado.

No he sentido nada más natural que la mirada de mi hijo, su presencia, con sus preguntas y sus risas. ¿Qué clase de vida llevamos durante el año? Si para descansar necesitamos pagar para alejar a los niños, quizás el problema no son las vacaciones, ni el lugar. Entiendo el agotamiento, pero ¿nos molesta el ruido del niño o la naturalidad y alegría del niño?

Imaginemos el día de un niño de cuatro o cinco años que se desahoga en un restaurante. Por la mañana, «yoga infantil» en la escuela de verano para que gestione su energía en una baldosa. Por la tarde, visita familiar donde cumple y aguanta. A la salida, pasan por el supermercado, subidos en el carro para que no molesten. Le prometen McDonald’s, pero a última hora los adultos cambian el plan para tener «vida social» en un restaurante formal. Ahí tienes al niño, con mala cara. De repente, ve a otro niño, da igual si es conocido o no lo es, se miran, conectan y empiezan a jugar. Exactamente eso que tanto nos molesta y que tan poco comprendemos.

Mi hijo, cuando está con su madre, vive en una urbanización con piscina y socorrista donde casi todo está prohibido. Hace poco le pregunté: «Hugo, ¿qué te dicen allí cuando haces el loco como lo haces aquí?». Me respondió: «Allí no lo hago», y siguió a lo suyo. Mi hijo ha tenido pocas rabietas y no sé cuánto de eso tiene que ver con lo que intento transmitir. Pero sí he observado que cuando ha tenido espacios donde correr, ensuciarse, gritar o explorar libremente, rara vez he sentido que necesitara descargar todo eso después. Creo que cuando le das a un niño un entorno donde volcar su naturaleza, no necesita reventar en un restaurante.

Ser parte y juez sobre un tema que te afecta directamente resulta imposible. Por eso apoyo los hoteles «solo para adultos». Pero no para proteger el descanso de esos adultos, sino para lo contrario: para mantener a nuestros hijos protegidos de ellos. Como he dicho, yo también fui un adulto así. Y ahora tengo que vigilar qué parte de ese mundo dejo entrar en mi hijo. No quiero que a mi hijo se le pegue un solo gramo de su neurosis o de su amargura. Los niños no deberían tener que aprender a comportarse como adultos para poder estar en todas partes.

Seguiré llevando a mi hijo a la playa en septiembre, cuando los adultos no nos pisen las construcciones en la orilla ni ocupen la arena con sus tablas de paddle surf como decoración. Recorreremos los ríos libres donde hay sapos y culebras y no adultos quejándose. Nos bañaremos en nuestra piscina de 3×3, ajenos a miradas de juicio, cantando y haciendo el ruido que nos dé la gana.

Ser padre hoy se ha vuelto más difícil porque debemos evitar que nuestros hijos se conviertan en adultos nihilistas. Y ser niño también es más difícil, porque les toca compartir espacio con una sociedad acelerada y ruidosa. Por lo tanto, a padres e hijos, nos toca hacer de este mundo un mundo menos frío y más alegre.

Hace dos mil años, en el siglo I, en una cultura donde a los niños no se les daba ningún valor ni importancia, como se supone que hoy sí, una vez más, Jesús veía a los niños como lo que son y que la sociedad actual sigue sin ver. Él decía: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos.” Y fue más allá: “Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.” Me parecen palabras profundamente contraculturales; quizá no deberíamos enseñar a los niños a convertirse rápidamente en nosotros; quizá los adultos tenemos algo que aprender de ellos. Los niños siguen siendo la medida de la verdad y la infancia es el modelo de cómo hay que habitar el mundo.